domingo, 10 de diciembre de 2017

EN EL AMOR, ENCOMENDARNOS A LA MAGIA

 Mal de piedras
Milena Agus
Trducción de Celia Filipetto
Ediciones Sruela, Madrid, 119 páginas
(Libros de fondo)


  
   Milena Agus (Génova, 1955) es una profesora de lengua e historia en un instituto de Cágliari (Cerdeña). Se considera una persona normal, pero sus amigos comenzaron a hacerle notar su “locura”. Fue entonces, cuando para sanar, decidió escribir, porque la suya no era una chifladura que exigiese medicamentos o internamientos psiquiátricos. Se mostraba únicamente como  una imperiosa necesidad de crear. Así inició su ya amplia obra narrativa.
   Mal de piedras fue su segunda pieza narrativa y confirma el éxito obtenido en su debut con Mentre dorme il pescacane. La fuerza de la escritura de ambas novelas reside precisamente en la sencillez de su escritura a la hora de narrar, en la frescura de sus descripciones, en la naturalidad con las que nos aproxima a los personajes, en la fidelidad con la que retrata la atmósfera y los ambientes de Cerdeña, potenciado todo con la fuerza de formas dialectales que la traducción respeta en muchas ocasiones.
   Seguramente no se trate de un relato biográfico, como confiesa la autora; sin embargo se le asemeja. Milena Agus, haciendo uso de la primera persona, desgrana con ternura y con una enorme complicidad, la vida de la abuela. La mirada adulta de la nieta, que escribe mientras prepara su boda, permite que nos introduzcamos en el particular universo de la abuela. Treinta años, romántica, enamoradiza y en búsqueda del amor ideal. Mas los pretendientes huyen de su lado porque les escribía ardientes poesías amorosas, que incluso hacían referencia a ciertas guarradas. Increpa a Dios por ser tan injusto como para negarle el amor. La casan con un hombre recogido en el hogar por la familia tras los bombardeos de mayo de 1943. Pero no lo ama y duermen como hermanos, arrinconados cada uno en una esquina de la cama. Y un día la abuela tiene arrestos para decirle al abuelo que no gaste el dinero en las mujeres de la casa de citas, puesto que ella está dispuesta y le va a hacer todos esos servicios. Se convierte así en la puta del abuelo, jugando a la casa de citas. Si lo amaba o no, no importa demasiado. Hasta que hacen un viaje a las curas termales y allí encuentra al Veterano del que la abuela se enamora perdidamente y sin miedo a ninguna condena, a ningún infierno. Y a partir de entonces, su vida se divide en dos partes.
   Así pues, la novela nos interna en la eterna y desesperada búsqueda del amor con mayúsculas, esa obsesión que estará en las raíces de todos los acontecimientos de la vida de esta majer, que incluso provocará que la familia y los amigos la traten como una verdadera loca y que pretendan internarla en un manicomio, circunstancia o condena de la que se liberó gracias al hecho de que Italia entró en guerra.
   
                                       
Milena Agus


   Reconozco que Mal de piedras  es una sencilla novela costumbrista, sin embargo no deja de ser cierto que, a medida que avanza la trama, la autora nos va desvelando matices y ciertos claroscuros de los personajes. Y el mismo relato gana en profundidad. Además la autora sabe explotar con mano maestra la escenografía, el curioso y adorable entorno de la abuela, la Cerdeña del viento mistral y del mar brillante, los rasgos de la sociedad semi-rural sarda, en la que las relaciones todavía parecen las propias de los grupos primarios. Un relato, en definitiva, quizás insubstancial para algunos lectores; para otros, sin duda, un verdadero regalo para los sentidos. Y un claro mensaje: en las locuras amorosas es preciso encomendarse a la magia, ya que no hay manera de aplicar reglas.


Francisco Martínez Bouzas

jueves, 7 de diciembre de 2017

"POR EL CAMINO": LA ESENCIA DEL GÉNERO AFORÍSTICO



Por el camino
Ricardo Martínez Conde
Ediciones Trea, Gijón, 2017, 61 páginas.

    


   Ricardo Martínez Conde (Sanxenxo, Pontevedra, 1949) es un escritor polifacético tanto en castellano como en gallego; con mucha experiencia en las distancias cortas y de hondo calado, con firmes tahalíes de contención filosófica y de saber literario. Un filósofo poeta que se aventura con la narrativa breve, con la poesía y con el difícil arte de la aforística. Una prueba: esta bitácora en la que he recogido algunas de sus incursiones literarias en los últimos años. Autor del primer haikus de la literatura gallega (Orballo nas camelias, 1993), ha ensayado así mismo otras formas microliterarias como la aforística, un arte de elevada concentración expresiva que transmite  impresiones personales y fragmentos de la experiencia y que pueden englobar la sentencia, el adagio, el refrán y el proverbio.
   Escritura culta y sapiencial la suya, también a la hora de escribir aforismos, muy cercana a los apotegmas. Sentencias breves no justificadas, que poseen un contenido más profundo de los que puede parecer a primera vista. E incluso distinto de los que una lectura ingenua y superficial pueda captar. Sin ser por ello verdades obvias que nos introducirían en el campo de la axiomática.
   Por eso, los números aforismos que encierra este libro, Por el camino, quinta publicación de aforismos del escritor, son en su contenido, y quizás también en su forma, transversales: a la vez poesía y pensamiento, narración e ideas. Encerradas aparentemente en sí mismas, se muestran, sin embargo, como escritura abierta: insinúan el rumbo pero ocultan la meta. De ahí la extremada dificultad a la hora de escribir aforismos, ya que nada tienen que ver con la simple y espontánea ocurrencia.
   El mérito de los aforismos que nutren este libro de modestas dimensiones, proviene, sobre todo, de la contención del pensamiento desbastado por la voluntad estilística. A pesar de ello, son autosuficientes, no exigen demostración y tampoco tienen la pretensión de asombrar al lector, de darle la bofetada sorpresiva en el desenlace, como ocurre con el microrrelato cuando es bueno.
   La colección de aforismos de Por el camino posee las tres características básicas con las que Andrés Sánchez Pascual ha definido al aforismo: concisión didáctica, agilidad crítica y tendencia ilustrada. A estas tres, añadiría alguna otra que tienen posiblemente su origen en la formación filosófica de Ricardo Martínez Conde: su capacidad para incitarnos al pensamiento profundo, al ejercicio de la reflexión, más o menos vago, como ha escrito el mismo autor.
   Otro rasgo de varios de los aforismos de esta colectánea  es la intertextualidad explícita: Kafka, Wittgenstein, Peter Handkle, Cioran… hacen acto de presencia en varios de los aforismos del libro.
   Concluyo eta insignificante presentación del manjar aforístico de Por el camino con las sabias palabras de Ricardo Martínez Conde: “Nada, en el aforismo, ocurre en vano, nada es baladí en esas pocas palabras elegidas que transmiten más que un significado, su esencia.”

Francisco Martínez Bouzas


                                                 
Ricardo Martínez Conde


Diez aforismos de Por el camino

“¿Qué sería de la locura si no se ocultase tras la apariencia de verdad?”
(Página 7)

…..

“Mis dudas nacen de mis certezas; en eso apenas dudo.”
(Página 10)

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“Lo que nos aguarda (real o imaginariamente) siempre es los real.”
(Página 13)

…..

“Siempre acercándonos, pero nunca llegamos a darnos alcance del todo.”
(Página 15)

…..

“Las palabras son, o han de ser, como olas: fuerza implícita, contenido para la donación.”
(Página 25)

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“Tened cuidado con los buenos sentimientos, ellos no están habituados a sacar el polvo que cubre la realidad.”
(Página 27)

…..

“La única garantía personal para el Juicio Final es la ausencia de abogado defensor. Solo cada cual por sí será su valedor: si mentiroso, si militante libertario…”
(Página 32)

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“¡La bondad, la oculta manifestación del orgullo!”
(Página 46)

…..

“La técnica deberíamos pensar que es el arte vestido de diario, de cotidianeidad.”

(Página 51)

…..

“¡Tantas veces me gustaría poder argumentar que he sido! Cuando menos en algo, un porcentaje real de la realidad.”
(Página 60)

martes, 5 de diciembre de 2017

LA TRAMPA DE LAS MUJERES ECLIPSADAS

El callejón de los silencios
Paula Izquierdo
Algaida Editores, Sevilla, 2017, 268.

   

   Paula Izquierdo (Madrid, 1962), la autora de El callejón de los silencios, es una psicóloga de formación, con amplia experiencia en los terrenos literarios, tanto en la novela -cinco títulos en su haber- como en el relato, con varias colaboraciones en antologías. Y en el ensayo, con títulos tan significativos como Cartas de amor salvaje, Picasso y las mujeres o Sexoadictas y amantes. Su última novela ha sido galardonada con el X Premio Logroño de Novela. Una novela, confiesa la autora, preñada de complejidades, con temas que se entretejen entre sí, al igual que los sentimientos amorosos.
   Con un tema central que es la traición, de algún modo aludido en el largo subtítulo del libro  y fragmento del texto: “Hay veces que conviene decir las cosas cuando las piensas o hacerlas cuando se tiene oportunidad, por si la parca te atrapa visitándote de forma inesperada.”, la novela tematiza desde la ficción un triángulo amoroso que, en confesión de la autora, está en la novela y refleja en buena medida la realidad cotidiana, porque nunca o casi nunca estamos satisfechos con el objeto de nuestros sentimientos amorosos.
   En el epicentro del relato encontramos a Mirna, un personaje que arrastra un pasado penoso y traumático -había sido víctima de una violación en grupo durante una fiesta-, y a su alrededor gravitan otros personajes: Ernesto, su profesor en los cursos de doctorado, bastante mayor que ella, y con una existencia que es un enigma, y del que Mirna se enamora perdidamente; y Esteban, un compañero de curso que vive obsesionado con Mirna, sin que ella le corresponda.
   Pero antes de eso, la narradora da cuenta de algunos antecedentes de la protagonista femenina: renuncia a su trabajo como profesora en un buen colegio de secundaria que no la motivaba, y comparte piso con otro hombre del que estuvo enamorada, aunque ahora solamente mantienen una relación de casta amistad. Inicia los cursos de doctorado de psicología social centrando sus investigaciones en el papel invisible de las esposas de intelectuales del pasado siglo, que tuvieron una vida anónima, poniendo su talento al servicio de sus parejas varones. El vínculo que une a los tres personajes poco a poco se irá haciendo cada vez más complejo, con sorpresas inesperadas y ciertas patologías que la protagonista analiza en sus estudios.
   Paulatinamente a medida que se va desarrollando la acción, la relación entre los tres pies del triángulo amoroso va cobrando intensidad y se muestra casi indescifrable, hasta que llega un momento fatídico cuyo motivo no revelo por respeto al lector. Anoto solamente que la protagonista, que se había sentido ascendida al cielo, de pronto  se considera arrastrada al infierno por el sentimiento de traición y perfidia que en ella provoca un insufrible desgarro, hasta el punto de sentirse víctima de la trampa de las mujeres eclipsadas que ella analizaba en sus trabajo de curso. Sin embargo esa frustración y ese conflicto son la razón de ser de la novela.
   En el relato coexisten otros temas de interés. Entre ellos, la presencia del mal, atribuible no a ningún principio en lucha con el bien, sino a los comportamientos humanos. ¿Qué motivos conducen a hombres y a mujeres a ser violentos de forma gratuita, sin ningún fin  salvo la oscura pretensión de ejecutar sus deseos?, se pregunta uno de los protagonistas. Es reseñable el análisis que hace la autora sobre el papel histórico y cultural que representaron tantas mujeres, especialmente en la primera mitad del siglo XX: mujeres inteligentes, bien preparadas, anuladas por su parejas y a sus servicio, a las que no solo se las priva de visibilidad sino que incluso se les mutila su nombre, como a María Teresa León a la que convirtieron en la mujer de Alberti. La mayoría de esas mujeres fueron testigos pasivos de los avatares de la historia. Es precisamente ese eclipsamiento el que contextualiza en todo momento el relato y da razón congruente de su desenlace.
   Desde un punto de vista taxonómico, El callejón de los silencios termina convirtiéndose en un thriller en su desenlace, con buenas dosis de melodrama en su desarrollo. La autora conduce a buen puerto su estrategia narrativa: un discurso lineal, ajeno a cualquier complicación. Los personajes no son planos; evolucionan en el corto período de un curso académico, especialmente el representado por Mirna, la verdadera protagonista de la novela, a la que la autora analiza profundamente, a la vez que ella, con su sexto sentido (proxemia) desmenuza los comportamientos masculinos. Son además personajes creíbles. Contribuye a esa verosimilitud el hecho de que la autora sabe rebuscar y verbalizar sus matices.
   Con el relato en tercera persona, al autora se mantiene al margen de la trama novelesca, mas no de la tesis principal de la novela: existen relaciones amorosas capaces de ensombrecer e incluso de eclipsar a muchas figuras femeninas. Un estilo de prosa claro, preciso y tan natural como exento de adornos y de fraseos que se aproximen a lo lírico, le sirve a una escritora con mucho oficio para articular acertadamente una buena novela rebosante de sentimientos y de suspense, pero que desarrolla así mismo temas que siguen siendo de importante transcendencia para las mujeres de hoy. También para los hombres.

Francisco Martínez Bouzas


                                              
Paula Izquierdo


Fragmentos

“Al poco de comenzar su vida en común, mantuvieron una relación íntima que llegó como se fue; sin hacer ruido. Una vez superada la tensión sexual, siguieron conviviendo y siento tan o más amigos que cuando se acostaban. Ahora que Mirna lo intenta razonar cree que ese paso por la cama de Miguel fue una travesía necesaria. Después, el vínculo de amistad perduró, e incluso las confidencias y la comunicación se hicieron más fluidas, sin reproches ni recelos, sin exigencias ni compromisos. Se había ido enfriando el deseo sexual, a cambio, había ganado u amigo que ella consideraba que sería para siempre. Miguel se trasmutó en un confidente incondicional. Hoy en día aún siguen viéndose de vez en cuando. En el momento en que decidieron no seguir juntos, no hubo una palabra más alta que otra. Mirna se dio cuenta de que, a veces, hay una etapa en que el amor se acaba y se transforma en otra cosa, quizás pueda llamársele cariño, amistad, costumbre o necesidad. Se habían vuelto cómplices y la convivencia todavía resultaba más cómoda.”

…..

“Pasado un buen rato, de pronto, entró alguien en el dormitorio donde Mirna intentaba volver a ser y ella, en un susurro con las pocas fuerzas que le quedaban, preguntó arrastrando las sílabas:
-¿Carolina?
Alguien, con voz de hombre y un susurro le contestó:
-No, no soy Carolina
Era una voz apenas audible. Mirna fue  capaz de oír cómo cerraba la puerta y volvía a invadir el cuarto de oscuridad. No sabía quién era el que había entrado en la estancia, pero se encontraba absolutamente inerme e indefensa.
Mirna sentía que todos los músculos se le aflojaban, no conseguía incorporarse, su cuerpo no le respondía. Sólo notó los empellones y envistes del chico que estaba violándola con sarna, vehementemente, tapándole la boca con una almohada para que no gritara. Notaba cómo le faltaba el aire y que respiraba con dificultad. Mientras un dolor insoportable se iba abriendo paso en la vagina.
Llegó un momento en que perdió la noción del tiempo. No sabía cuántos minutos u horas habían transcurrido, ni cuál era el número de chicos que había dentro de la habitación. Todo ocurrió muy rápido o, al menos, eso le pareció a ella, y quizás fue mejor así. No tenía fuerzas para detener esa orgía que se habían montado sin su permiso y, por supuesto, sin un átomo de capacidad para defenderse.”

…..

“Andamos para nunca llegar. Su existencia estaba marcada por la pérdida. Ojalá el tiempo no le hubiera arrebatado los placeres de aquel presente. ¿Por qué las cosas cambian, por qué no pueden permanecer? Notaba cómo la vida se rompía a su paso. Mirna nunca olvidaba la fecha del 22 de diciembre de 1989. Ella engendró el amor que se frustró antes de verlo vivo, respirando por sí mismo. No deja de ser incongruente que Mirna, sin ser consciente de ello, repitiera la conducta sumisa de todas aquellas mujeres de las que hablaba en su trabajo y sobre las que analizó su conducta dócil, manejable y disciplinada como un síntoma psicológico, en una época y en unas circunstancias de vida extrema. Pero, ¿y si estaba equivocada, y era el amor el que construía ese carácter en las mujeres, independientemente de épocas y circunstancias?”


(Paula Izquierdo, El callejón de los silencios, páginas 15-16, 40-41, 266)

sábado, 2 de diciembre de 2017

"QUEMADURAS": BARRERAS QUE ENJAULAN UNA VIDA

Quemaduras
Dolores  Prato
Traducción de César Palma
Posfacio de Elena Frontaloni
Editorial Minúscula, Barcelona, 2017, 71 páginas.

   

   Dolores Prato (Roma 1892-Anzio 1983) es una extraña figura literaria que atraviesa buena parte del siglo XX, porque en su existencia no hizo otra cosa que escribir, acumulando originales que jamás vio publicados. Antes de su fallecimiento pudo dar a la imprenta Quemaduras que obtuvo el premio Stradanova de Venecia, pero no halló editor. La escritora lo publicó en autoedición  en el año 1967, asumiendo todos los gastos. Es a partir de  entonces cuando Dolores Prato encuentra su verdadera vocación como escritora: escritos autobiográficos extraídos de sus notas, breves fragmentos escritos en primera persona en los que amalgama descripciones, reflexiones y narraciones en un estilo a la vez sencillo y furioso, como hace notar en el posfacio Elena Frontaloni.
   Dolores Prato había proyectado escribir y publicar cinco volúmenes, pero solamente logró componer dos: el ya mencionado Scottature (Quemaduras) y Sagiocondo (1963). Su libro más conocido Giù la Piazza non c’è nessuno, una larga narración autobiográfica, vio la luz en 1980 en Einaudi en un versión mutilada por Natalia Ginzburg con la que la autora nuca estuvo de acuerdo.
   Las circunstancias del nacimiento, infancia y adolescencia de la escritora condicionaron toda su vida y el contenido de este relato: hija de padre desconocido, su madre viuda con cinco hijos a su cargo la cedió a dos familiares ancianos que vivían en Treia, una pequeña población de la provincia de Macerata, donde Dolores pasa toda su infancia y la adolescencia. Primero con los familiares (el párroco del pueblo y su hermana soltera) y posteriormente en el convento salesiano de Santa Chiara dirigido por monjas de clausura.
   Quemaduras es pues un relato autobiográfico en el que Dolores Prato sabe conjugar acertadamente la realidad con la ficción. Por no tener una verdadera familia se considera una especie de tierra de nadie. A un lado, un viejo tío cura que se trasladó a vivir a Argentina; al otro las monjas del convento de Treia que actuaban con relación a la adolescente como con una especie de derecho adquirido, por el uso que habían hecho de ella.
   En el relato, Dolores Prato habla del dolor que siente por no haber sido reconocida por sus padres biológicos; del tiempo transcurrido en la casa del tío sacerdote, de la partida de este para América, un alejamiento cargado de promesas que nunca se cumplieron y cuyo único es un anillo; de la vida en el convento en el que le vetaban el surgimiento de nuevos sueños excepto el de “una sublime renuncia”, y donde constantemente la previenen contra los peligros mortales del mundo, la quemaduras que el mundo provocaba a quien intimaba con él; de la propuesta del tío para que viaje a América y se case con un candidato que él mismo le había buscado, a lo que se oponen las monjas excepto la más anciana. El miedo a la culpa le impide irse. Se sentía atada al convento, considera que debe quedarse para pagar por la educación y la comida, la caridad que el convento había invertido en ella. Pero le permitirán ir a la universidad porque las monjas piensan que retornará al convento con un título universitario muy útil. La alegre ilusión que le produce descubrir el mar que, sin embargo, la quema; las dificultades en su relación con las otras chicas del internado que la pretenden rescatar y, en todo caso, esperarla en el camino de Damasco. La participación, poco menos que forzada, en los misterios conventuales, herméticamente cerrados. Hasta que finalmente se libera de la clausura monjil y simultáneamente de la clausura que se había impuesto a si misma.
   Un relato tan breve como intenso en el que Dolores Prato nos permite visualizar las fotografías que retratan parte de su pasado y del tránsito de una inconsciencia dolorosa a un estado de conciencia igualmente doloroso pero libre. Y, a través de esos fotogramas, una reflexión sobre aquello que nos retiene o nos ata, metaforizado  en la cadena que impide volar a sus anchas a la lechuza del tío cura.
   Los principales ingredientes de este relato autobiográfico son la  reacción  de una joven que se niega  a dejarse enjaular por las reglas de un convento; el descubrimiento del mundo de afuera, a veces amargo y doloroso, pero siempre rebosante de vida; y en definitiva,  la búsqueda de la libertad plena. Todo ello delineado con una escritura ágil, repleta de lirismo que brota desde dentro, desde la verdad que habita en la escritora que es a la vez su propio personaje.

Francisco Martínez Bouzas



Dolores Prato


Fragmentos

“¡No, no podía irme!
Estaba atada a la alcándara, como la lechuza de mi tío. En el convento me habían dado de comer, como mi tío a la lechuza, pero yo, para demostrar mi gratitud, no podía hacer reverencias como ella; lo único que podía hacer era quedarme, porque eso era lo que se esperaba de mí.
Solo era parcialmente deudora de la educación y de la comida; pero, de todos modos, tenía que pagar.
Siempre había intuido que mi tío no se acordaba de mandar con regularidad el dinero de la pensión. ¿De qué? De todo: de los libros escolares, que siempre me tocaban ajados; de la suerte en las rifas, donde siempre me caían bagatelas, mientras que a las otras les correspondían objetos que me acostumbré a considerar prohibidos para mí. ¡No, no! No podía marcharme; primero tenía que pagar.”

…..

“Pero yo había comprendido únicamente que Dios era mi acreedor, no las monjas. (Aún no sabía que el titular de las letras de cambio religiosas también era Él, pero que ellas, para cobrarlas, las endosaban a su propio nombre.) Así pues, si Dios era mi acreedor, podía suspender en el acto el pago, pues tenía con Él la confianza que me faltaba con sus criaturas humanas. No tuve miedo de la testarudez ni de los celos que le atribuía la superiora, sino que más bien me gustó la relación que esa cuenta pendiente creaba entre Él y yo.
Si renunciaba a América ganaría tiempo con las monjas, pero iría a la universidad.”

…..

“En el mundo estudiantil había un pequeño mundo femenino, cerrado y abierto como una iglesia: cerrado a las ideas, abierto a las personas. Todas sus integrantes tenían vocación apostólica y predicaban, refutaban, alardeaban de estigmas y de fe, decían que su mayor deseo era el martirio.
El grupo reparó en mí y me cercó. Por la calle, dejarme en medio, unas cuantas aun lado, otras tantas al otro, era una de sus misiones; decían que era un pájaro de reclamo, al que había que rescatar y volver inocuo.”


(Dolores Prato, Quemaduras, páginas 16-17, 20-21, 29-30)

viernes, 1 de diciembre de 2017

LA RECONSTRUCCIÓN DE UN RELATO VITAL


El amor es más frío que la muerte
Ednodio Quintero
Editorial Candaya, Avinyonet del Pendès (Barcelona), 2017, 221 páginas.

   

   Ednodio Quintero (Las Mesitas, Venezuela, 1947), profesor universitario, ensayista, fotógrafo, japonólogo, es uno de los escritores más interesantes de la literatura venezolana. El mejor narrador venezolano de su generación, en el juicio de Enrique Vila-Matas. Autor de una amplia obra narrativa: más de diez volúmenes de relatos y catorce novelas, todas ellas publicadas por ese sello catalán, Candaya, que suele acoger en sus catálogos la obra de no pocos escritores latinoamericanos. Si por algo se distingue la narrativa de Ednodio Quintero es por esa amalgama de lo contado como real y lo imaginado y soñado. Y ahí reside de nuevo el centro oculto y la estrategia narrativa de El amor es más frío que la muerte. Una pieza narrativa circundada por lo onírico en el que hunde sus raíces.
   Seguramente lo primero que sea preciso decir es que El amor es más frío que la muerte es una novela densa, polifónica, caótica por momentos; alejada del equilibrio y harmonía  propios de la novelística tradicional, porque la coherencia que en las piezas narrativas ata todos los hilos, no opera en esta novela. El autor rehúye enclaustrar su trabajo escritural en andamiajes clásicos y en tramas convencionales. Un escritor que comulga con ese casi axioma: la novela es el reino de la libertad de contenido y de forma que Ednodio Quintero reformula a su manera: “En la ficción, como en la guerra, como en el amor, todo está permitido.”
   Un protagonista, sin duda inventado, pero en buena medida “alter ego” del autor -de hecho se llama Montilla, segundo apellido de Ednodio Quintero-, nos cuenta una historia en primera persona, la historia de un personaje que persigue su identidad mediante el buceo en su propia memoria, con la esperanza de que esa inmersión le permita reconstruir su personal relato vital. Montilla huye de un hospital devastado por la peste, en un país sumido en una especie de invierno nuclear. Llega a orillas de una laguna que le resulta familiar, un lugar en el que se siente “íngrimo y solitario”, como el único sobreviviente de una espantosa conflagración. Emprende, arrastrado por una fuerza poderosa, una travesía hacia las escarpadas montañas de la Cordillera Occidental donde había tenido un encuentro con una elfa. Su propósito oculto es reencontrarla. A partir de aquí, el protagonista recorre episodios de su propia vida, en una suerte de autobiografía del clan familiar. Y en ella se dan cita recuerdos, episodios biográficos, anécdotas teñidas de onirismo, con el sexo como la actividad más relevante.
   Es entonces cuando descubrimos el verdadero núcleo temático de la novela: acontecimientos, a primera vista aislados y difuminados como entre brumas y nieblas, que son, sin embargo, la pieza central en la que pivota el relato, que nos retrotraen a una geografía humana macondiana. El escritor nos introduce así en un peregrinaje, guiado sobre todo por un insaciable erotismo y situaciones que parecen arrancadas de los sueños: la pérdida de la virginidad a los diecisiete años, un verdadero bautismo de fuego; los poderes de la viuda Práxedes con fama de “mojana”; la relación de Chico Bastidas con la niña Calderas; amancebamientos o mujeres como Baldomera Terán que se comportaban como una gallina: le ofrecían el culo al primer gallo que se les acercara; incestos que a nadie importan; improvisados tanatólogos arreglando con agua de lluvia la belleza suicida de Melanía; la gritadera de la sordomuda Rosario cuando tiene sexo con el conejo Daniel; el bestial orgasmo que le provoca la mano zurda de Azucena cuando Paolo Rosi marcó un gol en el mundial de 1982; la ascensión a la Laguna Verde con sus hermanos, el conejo Daniel, Rufino Mesa y Pierre-Emilio; el encuentro fallido con el elfo hembra; el recorrido por Tokio con Valeria, la bella limeña y Yuki-o que les permite comprobar el humor escatológico de los nipones. Y otras muchas peripecias y episodios que se cruzan en el camino del protagonista.
   Un ejercicio de autobiografía familiar y animal en el que el sexo juega un papel determinante. El sexo cuando se transforma en pasión letal, capaz de arrastrar al homo sapiens sapiens a los infiernos de los que nunca se sale: el suicidio, la locura, la perdición. El sexo que coloniza los sueños de Montilla, sobre todo en su fijación por las tetas (tetas portentosas y calientes, tetas duras y chiquitas como limones amargos, tetas homéricas, tetas suaves y tersas, sedosas y mullidas, tetas jugosas, frutales y preciosas…). También a través del sexo y  de su correlato en las mamas femeninas, busca el protagonista escavar en las profundidades de la memoria para encontrarse con su verdadera identidad porque le permiten recuperar los instantes de placer, del goce desquiciado, capaz de hacer perder la razón.
   Ednodio Quintero yergue la novela cimentándola en episodios aparentemente inconexos que el protagonista nos hace llegar de una forma ni lineal ni cronológica, sino tal cual van germinando en su mente, de forma un tanto anárquica: delirio, popurrí, berenjenal, calificativos que aparecen en el relato. Pero recordemos el ámbito de libertad en el que puede y se debe mover la novela. “Qué importa lo caótica que esté resultando esta narración, nada me importa mientras continúe soñando.” El escritor se muestra igualmente inmune a la acusación del abuso del Eros que transita por todo el relato. Eros exacerbado o “luminoso, tierno, festivo y, en ocasiones, perverso”, como se escribe en la contracubierta. Estilo de prosa vigoroso, con juegos de lenguaje, ciertas connotaciones simbólicas de algunos términos, múltiples intertextualidades, humor lingüístico… para darle forma a una melancólica novela distópica o autobiográfica, asentada en la cálida exuberancia caribeña y en la gelidez japonesa. 

Francisco Martínez Bouzas


Ednodio Qintero


Fragmentos

“Pues sí, señores del jurado, dejen ya de asomarse a esta escena de porno rural, ya los veo babearse como viejos verdes a la salida de un colegio de jovencitas, les juro que en el momento de la sensación verdadera, mientras encima de mi Roxana, la afortunada, se cimbraba al igual que un bambú, me desmayé como una quinceañera, me fui deslizando sin conciencia alguna por un tobogán de satén, presintiendo entre los ramalazos de lucidez que cruzaban como relámpagos mis sentidos que luego de aquella experiencia primigenia ya nada lograría satisfacerme. Ya nada tenía que ganar o perder. No sé cuánto tiempo permanecía en un letargo que ahora, cincuenta años después, me atrevería a calificar de amniótico, supongo que apenas unos segundos, cuando mucho un par de minutos, y al despertar y observar a Roxana, la afortunada, que en ese instante se arreglaba su largo cabello color cuervo pausadamente con una peineta de carey, supe con certeza y alegría contenida que había perdido la virginidad, la mía, por supuesto, y que había ganado sin duda alguna tristeza.”

…..

“¿Cómo explicar, si no, que cuando apenas le rozo los pezones por encima de la blusa se pone a dar gritos como un animal? Tengo que emplearme a fondo para someterla, y cuando al fin logro ensartarla se agita y culebrea como una serpiente enfurecida, bufa, corcovea, lanza patadas, puños y manotazos, muerde el aire, arroja espuma por la boca y suelta unos pedos muy graciosos, olorosos a maní tostado, y aunque es muda, le juro que le da por farfullar en una lengua extraña, diabólica, que a mí me suena no sé por qué a latín, se retuerce, se cimbra y vocifera como la muchachita poseída por el demonio en la película del Exorcista, usted seguro que la vio, y a veces, para calmarla después de una función que me ha dejado molido, hecho polvo, para el arrastre como dicen los españoles, me veo en la necesidad da atarla a un árbol con una cuerda que siempre llevo conmigo.”

…..

“Cuando la vi apearse del tren sentí un corrientazo en la entrepierna y mi cuerpo todo como una maldita esponja absorbió la energía que manaba de aquel ser extraordinario, un ente venido de un lejano planeta cargado de electricidad, babas de caracol y vidrio molido, que a su paso iba dejando un embriagador aroma a perra en celo. Ah, y por supuesto, ya lo adivinaron, son ustedes unos linces, unos voyeristas de porquería: sus tetas, que se balanceaban a un ritmo que mezclaba el sosiego con la desesperación, eran un verdadero portento, un milagro de la naturaleza, y se dejaban contemplar sin esfuerzo alguno bajo la blusa transparente, su altanera dueña las exhibía con impudicia disfrazada de orgullo, y  a ojos vista no llevaba sujetador. Sí, ya lo adivinaron, comienzan a conocer mis puntos débiles, fue en ese par de mamas esplendorosas donde mi mirada se clavó como un fosco puñal. Quizá, por andar en los predio de mi escritor predilecto, Yasunari Kawabata, se me vino a la mente aquella frase suya que aparece en La casa de las bellas durmientes, me la sé de memoria y dice así:
«Por qué, entre todos los animales, en el largo curso de la   
 creación, sólo los pechos de la hembra humana habían
 llegado a ser hermosos?¿ No era para gloria de la raza
 humana que los pechos femeninos hubieran adquirido
 semejante belleza?»”        


      


(Ednodio Quintero, El amor es más frío que la muerte, páginas 26-27, 58, 145-146)

lunes, 27 de noviembre de 2017

LOS ECOS DE LA GUERRA EN LA CONCIENCIA DE UN NIÑO


El año que nevó en Valencia
Rafael Chirbes
Editorial Anagrama, Colección “Nuevos Cuadernos Anagrama”, Barcelona, 2017, 48 páginas.

   

   Tras su publicación en el año 2003, en una edición reducida y poco menos que testimonial, en el número 24 de Cuadernos de Mangana, Anagrama reedita ahora esta pequeña joya narrativa de Rafael Chirbes (1949-2015), en la colección recientemente renacida “Nuevos Cuadernos Anagrama”. Un texto autobiográfico, El año que nevó en Valencia, que estuvo a punto de ser repescado hace tiempo pero que el fallecimiento de Chirbes en el año 2015 dejó en suspenso. Un libro hiperbreve  que nos permite adentrarnos en otra faceta del escritor, del que se ha dicho que fue testigo de su tiempo, el Galdós del siglo XX.
   La trama argumental no es otra cosa que un maravilloso ejercicio memorístico y a la vez nostálgico de las vivencias infantiles circunvaladas  por una Guerra que todavía no había concluido del todo. Esos recuerdos se agolpan en un día en que, siendo un niño, asistía con otros familiares al cumpleaños del hermano del padre difunto. Una fecha invernal de 1956 en la que nevó en Valencia durante varios días hasta el punto de parecer una ciudad nórdica. Una celebración especial -solamente se celebraban los cumpleaños de los niños, no los de los mayores- en la que parecía que iba a ocurrir algo: el último día de  un encuentro familia. La definitiva despedida de la familia, porque a los pocos meses tendrá que llamar tío al nuevo marido de su madre, abandona la ciudad levantina y comprende que ya no era de ningún sitio y que ya no formaba parte de la familia.
   Una historia vivida y sufrida con ojos y mentalidad de niño, pero que dejó un imborrable recuerdo en su memoria. Recuerda, sin inventarse nada, cómo la nieve cubría las calles de Valencia. Una nieve que no se derretía. Revive los olores: el olor a albañal de las noches calurosas, las heridas de la Guerra: las casas en ruinas, las tapias amarillas llenas de carteles, los edificios en los que aparecía la palabra REFUGIO. Es la ciudad destartalada, como destartalada le parece París a la que llega varios años más tarde en un viaje en autostop. El duro aprendizaje de París que no le parece la ciudad de la luz, sino oscura, húmeda y gris.
   El niño vive, y no en diferido, las consecuencias de la Guerra que él identifica con el sufrimiento, la irregularidad y que comprueba cuando la familia escondía víveres, traídos del pueblo, para que no se los requisasen los empleados de consumos.  Recuperación de las mil experiencias infantiles, incluida la diglosia -la gente del pueblo habla valenciano y la de la ciudad castellano-, y especialmente, un recorrido nostálgico por los miembros de la familia. La tía abuela Margarita que le riñe al tío Juan por haberse acercado con su mujer a la Malvarrosa “para contemplar la playa nevada y ver las olas moviéndose por encima de la nieve.”; el padre ausente para siempre, la madre viuda pero que en esta celebración viste de alivio; el tío Antonio que en el pueblo lo llevaba a pescar. En fin, las personas mayores que, en la óptica infantil, no entendía nada, eran hirientes.
   También de este breve texto se puede decir aquello que Rafael Chirbes tenía como lema: “Yo hago literatura de lo que veo.”. En este caso de lo que vieron, escucharon, olieron y palparon los sentidos infantiles, reproducido todo con fidelidad detallista, aunque quizás es más relevante lo que el autor solamente deja entrever. Un relato concentrado, pero no carente de intensidad; escrito con la misma calidad de página que la de algunas de sus novelas que marcaron cumbres y fronteras. Prosa sencilla, natural e intimista, ciertamente galdosiana porque crea una historia, en este caso el fluir de una infancia, imaginándola alrededor de unos personajes y de los acontecimientos de un momento histórico: una Guerra y una Posguerra igualmente hiriente que dejaron huellas amargas en la conciencia infantil.

Francisco Martínez Bouzas


Rafael Chirbes


Fragmentos

“Yo creo que fue en el invierno del cincuenta y seis cuando estuvo nevando durante varios días y Valencia parecía una ciudad nórdica. Recuerdo la nieve en las barandillas de los viejos balcones, cayendo con un ruido sordo desde lo alto de los tejados, cubriendo las aceras. No me lo invento ahora. Fue tal como lo cuento.
Aunque parezca mentira, en las calles de Valencia había montones de nieve, y los barrenderos y los propietarios de las tiendas del centro no daban abasto a quitarla con las palas. Porque es que, además, no se derretía, ya que hacía un frío tremendo. Me gustaría encontrar algún periódico  de entonces para saber qué temperaturas se alcanzaron por aquellos días. Ver de nuevo las fotografías de las calles y las gentes de la ciudad en algún viejo periódico sería sin duda un buen ejercicio de memoria.”

…..

“A mí me parecía que aquella guerra de la que hablaban aún no había concluido del todo, especialmente cuando preparábamos las cestas en el pueblo y las llenábamos de verduras, y hasta escondíamos algún conejo y algún pollo que había que procurar que no descubrieran unos señores que asomaban la cabeza desde el interior de una caseta de madera a la puerta de la estación. Eran los empleados de consumos. Para mí, aquel sigilo con que pasábamos las provisiones, las conversaciones en las que se hablaba de la necesidad y aquellos hombres a los que temíamos -«coge tú la cesta y pasa delante», me decía mi madre al bajar del tren- eran la prueba de que la guerra continuaba.”

…..

“Estoy convencido de que, para entonces, yo había ya empezado a saber que no éramos de ningún sitio, y que, ahora, como le pasaba a la tía Luisa, ni siquiera formábamos parte de la familia. El perro. Por cierto que, mientras mi madre estaba fuera, y el Canario se había ido al bar, pidiéndome que guardara los bultos, bajó del tren que llegaba de Xátiva (uno de esos trenes cuyos vagones llevaban arriba jardineras) cierto hombre que me pareció el tío Juan, por su elegancia. Vestía un traje blanco y un panamá y caminaba con paso medido. Emocionado, corrí hacia él, y salté para abrazarlo. Solo en el último momento me di cuenta de que se trataba de un desconocido. Él se quedó mirando con extrañeza a aquel niño que se le venía encima, y yo me quedé mudo, inmóvil, sin atreverme a levantar la vista. Tenía miedo de que aquel Canario hubiera contemplado la escena, hubiese advertido mi emoción y se diera cuenta de que yo quería seguir perteneciendo a todo aquello.”


(Rafael Chirbes. El año que nevó en Valencia, páginas 7-8, 14-15, 47-48)

viernes, 24 de noviembre de 2017

EL MATRIMONIO COMO PASIÓN O COMO PROFESIÓN

Memoria de dos jóvenes esposas
Honoré de Balzac
Traducción de Joaquín García Bravo
Editorial Funambulista,  Madrid, 2017, 325 páginas.

   
   Memorias de dos jóvenes esposas forma parte de La comedia humana, título de uno de los mayores proyectos de la historia de la narrativa. Honoré de Balzac (1799-1850), su autor, había proyectado escribir ciento treinta y siete novelas e historias interrelacionadas para retratar su época, la sociedad francesa en el período que se extiende desde la caída del imperio napoleónico hasta la monarquía de julio (1815-1830). Son novelas que integran las Scènes de la vie privée que Balzac, al percatarse de su éxito, decide ampliarlas en su “opus magnum”, La comedia humana. Este proyecto se justificaba en aquellos momentos tanto por el éxito y la popularidad del autor como escritor por entregas, como por la permanente urgencia de dinero que le acuciaba. El proyecto se vio truncado por el fallecimiento del escritor, aunque dejó listas para su publicación ochenta y siete novelas y siete más no previstas en el proyecto inicial. Los grandes éxitos de La comedia humana son sin duda Eugénie Grandet (1833) y La Père Goriot (1835).
   Memorias de dos jóvenes esposas fue escrita en 1834, aunque no vio la luz hasta 1841. Es la única novela epistolar de Honoré de Balzac. Su trama reproduce las confidencias que, entre si y a través de sus cartas, hacen dos jóvenes amigas: Louise de Chaulieu y Renèe de Maucombe. Ambas habían abandonado al mismo tiempo el convento de carmelitas en el que estaban destinadas a profesar, y encuentran prácticamente al mismo tiempo a sus futuros esposos. Sus caracteres y condición social son totalmente opuestos y, sin embargo y a pesar de la distancia, se teje entre ellas una gran complicidad. Louise es aristocrática, soñadora, concibe el amor como una pasión arrolladora y absorbente. Renée, por el contrario, es discreta, una tranquila burguesita que se casa por conveniencia, lleva una vida tranquila, consciente de que su obscura carrera acabará en un apacible retiro. Consiente de buen grado en convertirse en la señora de Estorade, un hombre de treinta y siete años, pero que aparenta cuarenta. Louise disfruta de la vida mundana parisina. Reprocha a su amiga el hecho de haberse casado al azar, sin conocer al que será su marido. Pero conoce y termina por enamorarse de su profesor de español, Felipe de Henárez, duque de Soria, fugitivo y desterrado tras la expedición del duque de Angulema en 1823. Tras no pocos lances novelescos, Felipe entra en posesión de su fortuna y Louise se casa con él, sin importarle su fealdad, arrobada por una pasión desenfrenada, que se verá interrumpida a los pocos años por la muerte de Felipe. Mas años más tarde, superado el duelo, Louise le comunica a Renée que se casa de nuevo, esta vez de forma secreta, con Gaston, un poeta y dramaturgo que vive de su trabajo y varios años más joven que Louise.
   A través de la correspondencia entre las dos amigas, Balzac nos muestra dos formas totalmente contrapuestas de enfocar el amor y el matrimonio. Louise de Chauvalieu vive intensamente el amor, celebra un matrimonio apasionado con Felipe Henárez, y tras su fallecimiento, otro con el joven Gaston hasta que, corroída por los celos y las sospechas, un equívoco fatal le hace creer que está siendo traicionada. Su dolor y orgullo la impulsan al suicidio. En contraste, su amiga Renée sabe que no ama con pasión a su marido, pero se da por satisfecha buscando la dicha en su vida conyugal provinciana, gobernada no por el ímpetu amoroso, sino por el afecto. No ama a su esposo, pero se cree capaz de quererle.
   Un claro contraste entre ambos destinos y entre dos formas de vivir el matrimonio. La novela permite que el lector conozca  lo que sucede en las vidas de estas dos amigas, el ambiente de la corte real parisina, la vida monótona y ordenada en un lugar de provincias. Estos contrastes reflejan las ideas de Balzac presididas por un pronunciado conservadurismo. Balzac, en un manifiesto de 1842, que encabeza La comedia humana, se declara defensor entusiasta del trono y del altar frente a las novedades de su tiempo. En sus novelas no se priva de dejar constancia del rechazo de la evolución y del progreso, a la vez que muestra su admiración por los viejos valores que la burguesía había hecho degenerar. Y esa mentalidad reaccionaria deja sus huellas en las actitudes patriarcales que refleja en Memorias de dos jóvenes esposas: el amor conyugal exento de pasión no envilece a la mujer que debe entregarse a su marido aunque no se amen, toda vez que la ley permite a un hombre hacerla suya. El viático del matrimonio se sitúa para la esposa en la resignación y en el sacrificio: sacrificarlo todo al hombre que le dará su apellido, que es su señor y su dueño.
   Por eso mismo la actitud plausible de la esposa debe de ser la abnegación. A pesar de ello, como pensaban Engels y Marx, la mentalidad reaccionaria de Balzac no fue un obstáculo para que pusiera al descubierto y enjuiciara con dureza la sociedad burguesa y capitalista de su tiempo. Georg Lukács recoge acertadamente en esta frase la opinión que Engels tuvo de la obra de Balzac: “…no es más que una elegía sobre la decadencia de la buena sociedad.”

Francisco Martínez Bouzas


Honoré de Balzac



Fragmentos

“¡Cómo! ¿Tan pronto vas a casarte? Pero ¿se toma marido de ese modo? Al cabo de un mes te prometes a un hombre sin conocerlo y sin saber nada de él. Este hombre puede ser sordo. ¡los hay de tantas maneras!, aburrido, enfermizo, insoportable. ¿No ves, Renée, lo que quieren hacer contigo? Les eras necesaria para continuar la gloriosa casa de la Estorade, y eso es todo. Te vas a convertir en una provinciana. ¿Son esas nuestras promesas mutuas? En tu lugar, preferiría irme a pasear en caique a las islas Hyères, hasta que un corsario argelino me robase y me vendiese al gran señor; llegaría así a ser sultana y pondrá el serrallo en revolución mientras fuese joven y también cuando fuese vieja. ¡Sales de un convento para entrar en otro!”

…..

“Esto es muy claro. Después de haber comprendido que si no me casaba con Louis volvería al convento, me resigné en cuanto a quedarme soltera. Resignada ya, me puse a examinar mi situación a fin de sacar de ella el mejor partido posible.
En primer lugar, la gravedad de los lazos me llenó de terror. El casamiento se propone como finalidad la vida, mientras que el amor solo tiene por objeto el placer. Pero también es verdad que el matrimonio subsiste cuando el placer ha desaparecido, y origina intereses más importantes que los del hombre y de la mujer que se unen. En consecuencia, para hacer un casamiento feliz, solo se necesita esa amistad que, en vista de sus dulzuras, transige con muchas imperfecciones humanas. Nada se oponía a que yo tuviese amistad con Louis de la Estorade. Decida a no buscar en el matrimonio los goces del amor en que nosotras pensábamos con tanta frecuencia y con peligrosa exaltación, sentía en mi interior una agradable tranquilidad.”

…..

“¡Cómo, Louise! ¡Después de todas las desgracias internas que te causó una pasión correspondida en el seno del hogar, quieres vivir con un marido en la soledad? ¿Después de a ver matado a uno viviendo con él en el mundo, quieres aislarte para devorar a otro? ¡Qué disgusto te preparas! Pero, por la manera en que has obrado, veo que tu resolución es irrevocable. Para que un hombre te haya hecho perder la aversión que sentías por un segundo matrimonio, debe tener un espíritu angelical y un corazón divino; es preciso, pues, dejarte entregada a tus ilusiones; pero ¿has olvidado acaso lo que decías de la juventud de los hombres, que todos han pasado por innobles lugares y cuyo candor se ha perdido en las más horribles encrucijadas del camino? ¿Quién ha cambiado? ¿Tú o ellos. Eres bien feliz creyendo en la dicha: no tengo valor para criticarte,  a pesar de que el instinto de ternura me inclina a aconsejarte que desistas de ese matrimonio.”


(Honoré de Balzac, Memorias de dos jóvenes esposas, páginas 62-62, 96, 276-277)