sábado, 1 de noviembre de 2014

"LA LECCIÓN DE ANATOMÍA": LA ANATOMÍA TRANSFORMADA EN EJERCICIO LITERARIO



La lección de anatomía

Marta Sanz

Prólogo de Rafael Chirbes

Editorial Anagrama, Barcelona, 2014, 360 páginas.



   Con buen tino se nos advierte en la presentación editorial que La lección de anatomía es un libro a la vez viejo y nuevo, porque en el año 2008 Marta Sanz publicó una primera versión de este texto. En el presente año ha aparecido la segunda. Anagrama, en efecto, le ha concedido una segunda oportunidad a la sexta novela de esta doctora en Filología y escritora versátil y poliédrica que frecuenta todos los géneros: narrativa y lírica sobre todo, aunque también es antóloga de la poesía española. Marta Sanz se dio a conocer en 1995 con la novela El frío y desde entonces su trayectoria se ha desplegado de forma fecunda y lúcida. Esta segunda versión de La lección de anatomía es la definitiva, según su autora. Y aparece revisada, reestructurada y enriquecida con un prólogo de Rafael Chirbes, amplio, esclarecedor y sugerente.

   Marta Sanz “narradora proteica, astuta novelista” en opinión de Chirbes, hace que el lector transite, casi sin darse cuenta, por un viaje autobiográfico de la propia escritora, percibido, no obstante, como una pieza de ficción, en un juego que la autora plantea como un artificio de realidad y fabulación. En su particular autorretrato, la mujer Marta Sanz se desnuda ante sus lectores y lo hace desde el día del parto en el que su madre la puso en este mundo. Y en relación especialmente con las mujeres que más han marcado su vida: la madre, la tía, las amigas o los colegas de trabajo. Lo concibe además desde la perspectiva de una mujer que, a los cuarenta años se autorretrata desnuda, “porque su cuerpo es el texto donde se han quedado grabadas las cosas importantes de su vida”, como apunta la propia autora.

   La lección de anatomía reproduce en buena parte, y posiblemente en su totalidad, hechos reales. La escritora nos relata su propia vida desde la infancia, o mejor dicho, desde el día del parto de su madre, hasta el momento presente. Por eso mismo, la arquitectura de la novela se sustenta en tres grandes secciones: “Vallar el jardín”, o la recopilación de los recuerdos de la niñez -el abrigo de serpiente de la infancia (página 163)-; “Los gusanos de seda” que rescata las memorias de la preadolescencia y adolescencia, y finalmente “Desnudo”, donde Marta Sanz recupera su juventud y el inicio de la edad adulta. Mas, aunque dicho así, el libro podría catalogarse como una autobiografía, La lección de anatomía es ficción, porque esta preñada de valores literarios, que son tales cuando la realidad se nos cuenta empujando el lenguaje hacia el límite. De esa manera, con esa precisión de lenguaje, con esa cadencia, intensidad y madurez, como en su día escribió Susan Sontag. Es el estatuto literario de un texto, el acto de individualización de la lengua en tanto que experiencia formal y construcción singular única.

   Y de Marta Sanz se puede decir que “literaturiza” la vida del personaje Marta Sanz mediante una cala introspectiva, narrada muchos años después de lo vivido. De la misma forma en la que, sin darnos cuenta, pasamos por las distintas etapas de nuestra existencia. Y lo hace reflejando intensamente en el espejo de su escritura el halo de esos recuerdos y sensaciones de un tiempo ya ido. Sin olvidarse de los nimios detalles que tanbien componen el singular mosaico de una vida, desde el momento en el que aprende a atarse los cordones de los zapatos, las “bellas palabras que nos conducen al dolor de desarnarnos” y la tasación de braguetas y penes familiares, hasta la edad adulta en la que comprueba la capacidad de sus bolsillos para guardar billetes, sopesa los trabajos a los que puede aspirar, se doctora en Filología, sin obtener el cum laude por no haber citado las publicaciones de los miembros del tribunal, se compadece de sus suegras y otras variadas experiencias familiares, amicales y profesionales que configuran su edad adulta como mujer. Finalmente firma su propio retrato con el impudor de un desnudo integral, pintándose con palabras, lista para que la midamos.

   Al margen del grado de veracidad de los múltiples acontecimientos, situaciones y anécdotas, algunas banales y nimias, de la vida cotidiana de los que Marta Sanz hace una copiosa acumulación, el texto, al que ahora se le regala una segunda oportunidad, se lee como una verdadera novela. En primer lugar porque en la vida de cualquier ser humano y en sus interacciones, existe mucho de novelesco; pero sobre todo porque Marta Sanz transforma todo ese material en un ejercicio literario con el que dibuja la  realidad, de tal modo que la convierte en ficción. Retrata con maestría los ambientes e incluso las tonalidades de esa España del último cuarto del siglo pasado. Y en buena medida esa maestría se hace patente en el hecho de que los contextos y escenarios no oscurecen el protagonismo de una niña-adolescente-mujer llamada Marta Sanz. Ni el de la amplia nómina de personajes secundarios, algunos, como la madre y las tías de la escritora, con gran protagonismo; otros hacen acto de presencia en la narración de un acontecimiento o anécdota y desaparecen definitivamente.

   Y todo esto transmitido con una prosa tan natural como certera y eficaz, en la que impera el realismo, aunque de vez en cuando salten chispazos rebosantes de plasticidad y de estrategias narrativas cercanas al esperpento y a la picaresca, como ha señalado Rafael Chirbes en ese prólogo que enriquece la novela. Con todos estos ingredientes, convierte Marta Sanz su propia anatomía, también la física y la íntima, en realidad diseccionada, en su ser y en lo que aparenta ser, que se expone desnuda ante la mirada lectora.



Francisco Martínez Bouzas





Marta Sanz

Fragmentos



“El día que mi madre me habló de la experiencia de su parto  decidí que nunca tendría hijos. Fue mucho más gráfica la descripción de su parto que la apología de mi nacimiento, aunque ella insistiese en que yo era la niña  más hechita de cuantos bebés había tenido la oportunidad de ver de cerca. Mi madre, cuando narra, tiende a ser minuciosa; en cuanto a mí, siempre he sabido escuchar y soy mucho más impresionable de lo que a simple vista pudiera parecer. No recuerdo exactamente la edad a la que se lo pregunté y ella me respondió. Me acuerdo, eso sí, de que yo ya tenía clara la idea del cómo: los huevos, las semillas, el quererse mucho, el no tomarse la pastilla -a propósito-, los besitos, las flores abiertas y la lubrificación natural, las cáscaras rotas, los niños-pez y los espermatozoides nadadores.”



…..



“Las explicaciones de mi tía hoy me siguen pareciendo válidas. Incluso el argumento del amor como lubrificante de las relaciones sexuales, con la salvedad de que a menudo follar es una forma de enamorarse o de convencerse de que estás enamorada. Eso le debió pasar a mi tía Maribel con su marido. Que se obcecó. No es que mi tío, como muchos otros hombres, a quienes sus mujeres permanecen fieles, fuese un semental o un virtuoso de las artes amatorias -lo que sí era mi tío es un proxeneta y, por ende un putero, pero de ese detalle me enteré años más tarde-, sino que Maribel tomó la decisión de quedarse con ese hombre y ya no se desdijo.”



…..



“Cuando vuelvo  a casa les digo a mis padres que son un par de gilipollas. De 1984 a 1989, asisto a clases habitadas por seminaristas y numerarios del Opus. Desde mi silla veo que una numeraria me acecha, me evalúa, se me acerca con una sonrisa loca y una falda de cuadros. Finjo que no me entero de lo que está sucediendo, aunque me doy cuenta de que esta muchacha emana una felicidad fría y se me va acercando poco a poco en línea recta. No sé si me podré proteger. Me tapo la cara con el pelo. Me concentro en mis papeles -tengo muchos- y doy un respingo cuando por fin la numeraria se dirige a mí con una voz que me recuerda una almendra amarga:

-¿Te puedo hacer una pregunta personal?

En este período de mi juventud me gustan mucho las preguntas personales, las confesiones y los calzones quitados -ahora no-, así que cínicamente le doy permiso reservándome el derecho a  responder sólo si me apetece. La numeraria no deja de sonreír; su tono es íntimo y nos aísla, de modo que ami me parece que las dos estamos dentro de una urna:

-Tú no eres virgen, ¿verdad?

Yo, que ya me sé una vampiresa, no me sorprendo. Quizá estas cosas se noten en la expresión de los ojos o en la manera de sacar la lengua entre los dientes mientras se muerde un lápiz. Debo de tener cara de guarra. Tal vez la numeraria haya mantenido una conversación secreta con el hermano de mi madre, a quien ya he perdonado: quiere mucho a su amigo. Más que a mí.

La numeraria sigue observándome con su felicidad fría y yo, congelada, me tranquilizo y me intranquilizo cuando ella confiesa que me formula esta pregunta porque todos los días llevo pantalones vaqueros. De pronto, esa pobre numeraria me da pena y la imagino en su cuarto, de noche, con miedo de meterse el dedo en el ombligo, de que los pezones se le encojan por una bajada de temperatura, de que le dé un calambre en el clítoris por haber retenido la orina o por un sueño o por dormir con un muslo apoyado sobre el otro, apretando. Respondo con una sonrisa de loca y, sin decir palabra, camino hacia la salida del aula. Me quedo con ganas de acariciarle la mejilla. Quizá ese gesto la hubiese obligado a sonrojarse, a apartarse de mí para evitar la turbación. No quiero que la numeraria se aterrorice por las noches y me guardo la mano en el bolsillo de mi penetrante pantalón vaquero. Al caminar, sorprendentemente no experimento ningún placer.”



(Marta Sanz, La lección de anatomía, páginas 27, 53, 262-263)

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