viernes, 17 de noviembre de 2017

NARRATIVA DEL DESIERTO

Un mundo infiel
Julián Herbert
Malpaso Ediciones, Barcelona, 2017, 156 páginas.

   

   Con un inicio que recuerda  a Cien años de soledad (“La noche antes de que un tren le arrancara las piernas a Ernesto de la Cruz y Doc Moses soñara con un venado muerto y Plutarco Almanza tuviera la desgracia de toparse con el hombre de las botas grises, Guzmán se enderezó de la cama con una aureola de vértigo envolviéndole la cabeza”), Julian Herbert (Acapulco, 1971), abre su primera novela, editada originalmente en el año 2004 y que ahora reedita, reescrita de nuevo, Malpaso Ediciones. Poeta, ensayista, autor de relatos, impulsador de colectivos de arte interdisciplinar, especialmente en el campo de los videopoemas y performances de electropoesía, Julián Herbert debe de ser considerado  como un artista todo terreno. Un mundo infiel es pues el debut en la narrativa de Julián Herbert, un estreno que lo sitúa entre los narradores mexicanos más interesantes de su generación. Su novela inaugura la etiquetada como literatura mexicana del norte, conocida también como literatura del desierto, ya que el norte de México suele ser el territorio que Julián Herbert muestra en su narrativa: desierto, calor y polvo, los componentes definidores de la frontera, la tierra que conoció en su infancia y de los cuales es fanático.
   Tras ese introito que puede hacer recordar a Macondo, Un mundo infiel comienza a desplegar personajes que basculan entre un fiero salvajismo y una irreconocible humanidad. Todos ellos y sus historias convergen en un corto espacio de tiempo: poco más de veinticuatro horas. En ese lapso, especialmente en las horas nocturnas, tienen lugar o resucitan en la memoria de los personajes, historias que aparentemente no guardan relación entre sí. Mas en este caso, las apariencias engañan.
   El punto nuclear de la acción transcurre en Saltillo, a cuatrocientos kilómetros  de la frontera de Texas. Guzmán se despierta muy alterado por las pesadillas recurrentes en los últimos tiempos. Ese día cumple treinta años. Su esposa le prepara una fiesta memorable en la casa de sus padres. Pero Guzmán se encuentra con Plutarco Almanza que se hace llamar Mayor para presumir de su pasado militar del que había sido dado de baja de forma deshonrosa, y ahora es el comandante de la vigilancia ferroviaria del noroeste. Dirige  un pequeño ejército de hombres prietos, bajitos y mal rapados, soldados desertores, burreros recién salidos de la cárcel ex policías con fama de corruptos. Sus ganancias provienen, en su mayor parte, de la venta de la cocaína y marihuana.
   Guzmán y Plutarco deciden tomar un par de tragos en el bar La Escondida, pero terminan borrachos y drogados. Guzmán, no obstante, liga con una mesera a la hora en la que debería estar celebrando su cumpleaños con su esposa y amigos. El Mayor recibe una llamada: uno de sus hombres, Ernie de la Cruz, se ha accidentado por no cumplir las normas. El tren le acababa de de arrancar las piernas por encima de la rodilla, tras caer desde la muela a la vía ferroviaria. Deciden ingresarlo en un hospital de Laredo, en el estado de Texas, ya que piensan que allí hay más posibilidades de salvarle la vida e incluso de injertarle las piernas que el Mayor ordena buscar. A ese hospital había llegado el doctor Doc Moses junto con su hijo Shannon. Está desarrollando una droga diseñada para ocasionar la muerte por éxtasis. Su intención original era administrársela a sí mismo tras haber enviudado. Mas los impulsos homicidas pronto quedaron adormecidos, y la seducción por el éxtasis químico no había cesado de crecer, hasta el punto de convertirse en la médula de su actividad profesional. Debía encontrar el paciente idóneo para sus experiencias. En desenlace leeremos que lo hallará en el cuerpo inconsciente del vigilante sin piernas.
   En la trama se dan cita muchas otras historias, distintos hilos argumentales con múltiples sueños, pesadillas, alucinaciones, cuentos que suceden dentro de los sueños, un pueblo fantasma formado por prostíbulos, mujeres a las que les encanta coger, presencia abundante de sexo, cerradas de vergas y vaginas, putas ancianas que ofrecen mamadas a los últimos borrachos, amores incestuosos, amores infieles y mucha violencia: golpizas, torturas, violaciones  y algún feminicidio. Pero ninguna épica. Todo ello en esa literatura áspera y dura del norte de México.
   Una estructura erguida sobre varios eslabones, con distintas historias y diversos personajes que se van sucediendo y que, sin embargo, terminan por confluir en el desenlace. Humor negro, brutalidad contenida, infidelidades que no alteran la cotidianeidad. Y un estilo de prosa desabrido, ágil y vertiginoso que tiene además la virtud de seducirnos con las variantes mexicanas del español, para vestir un relato que transita entre lo salvaje y lo poético, para sumergirnos en un desierto mucho más humano que espacial.

Francisco Martínez Bouzas


                                                 
Julián Herbert


Fragmentos

“Domitilo tomó la libreta pero no vio las cifras. Se dirigió a la mesa que limpiaba Jacziri Yanet.
-¿Cómo vamos, chaparrita?
-Aquí, señor Domi. Camelleando. Ya nomás me falta el baño de las damitas.
-No se me apresure. De todos modos lo van a mear.
Le frotó uno de los senos.
«Tú no te enojes, Yanet -repitió el golpe dentro de la cabeza de ella-. No es que el viejito te falte al respeto, sino que aquí las cosas no son igual.»
Un hombre vestido con un jersey de los Dallas Cowboys y una gorra de Cementos Apasco entró en la cantina y pidió una cerveza.
-Cómo no mi rey. Ahorita mismo se la traigo -dijo Jacziri Yanet.
-Pero ya la veré llorando -dijo la Gorda Rocha-. Qué le vamos a hacer, Rojo: en estos tiempos hay más putas que meseras.
Y escupió de nuevo en el cañito de agua.”

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“Con los años, los dos hermanos fueron desmadejando los nombres de sus divas entre cientos de anónimas rubias, negras, morenas y asiáticas que surgían de videos amateurs. Mujeres perfectas masturbando gordos enmascarados, chupándole la verga al camarógrafo, metiéndose trozos de plástico y metal por el coño o por el ano sin siquiera despojarse de una camiseta que decía «I love Atlanta», cientos y cientos de mujeres complacientes y perfectas que aparecían sólo una vez, que se perdían luego en la maraña de videos, handicams, satélites, televisores, juegos vaginales, alcohol y drogas con los que ellos soñaban noche tras noche hasta la madrugada, al punto de que a veces ni siquiera conseguían dormir porque una contorsionista desnuda aparecía bajo sus párpados en breves videogolpes, fugaces descargas eléctricas que los obligaban a deambular deseantes por la casa de asistencia, el departamento de solteros, la sala comedor de sus padres, bebiendo cervezas envejecidas y masturbándose cuatro o cinco veces antes del amanecer, colocándose un aro vibrador en torno al glande hasta que éste enrojecía, se agrietaba, se escoriaba tanto que les daba pavor ir a orinar. Era como vivir perpetuamente en una orgía de fantasmas.”

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“Él la cogió por el mentón y la obligó a girar. Mariana trató de resistirse, pero la mano apretó su boca y su nariz hasta dejarla sin aliento.
-Mira, pinche puta: si me estás chingando te voy a madrear.
La soltó. Mariana aspiró desesperadamente. Una pelvis debajo de la suya. La voz de Adolfo, asordinada. Un carraspeo.
Un estremecimiento de asco: la pegajosa baba resbalando por la piel. La carne rígida clavada en el recto. Todos sus poros se abrieron e incendiaron como si estuvieran lijándole el cuerpo. Creyó que de pronto engordaba, que sus vísceras comenzaban a colmarse de aire. Escuchó cómo los gases escapaban a través del canal adolorido. La indignación volvió a poseerla: manoteó e hizo el intento de gritar, pero Adolfo la sujetó otra vez por el mentón y el torso. Mariana se imaginó atorada entre dos láminas retorcidas.”


(Julián Herbert, Un mundo infiel, páginas 19-20, 75, 79-80)

martes, 14 de noviembre de 2017

ROSA MONTERO, PREMIO NACIONAL DE LAS LETRAS ESPAÑOLAS: "LA ÉTICA DE LA ESPERANZA"


   En el día de hoy, 14 de noviembre, el Ministerio de Cultura ha dado a conocer el nombre del escritor o escritora ganador del Premio Nacional de las Letras Españolas. En Premio ha recaído en la escritora Rosa Montero (Madrid, 1951). El jurado  ha reconocido “su larga trayectoria novelística, periodística y ensayística, en la que ha demostrado brillantes actitudes literarias, y por la creación de un universo personal, cuya temática reflejo sus compromisos vitales y existenciales, que ha sido calificado como la ética de la esperanza. El galardón, dotado con 40.000 euros, pretende distinguir el conjunto de la labor literaria de una autora o autor español, escrita en cualquiera de las lenguas de España.
   Me sumo modestamente al homenaje reproduciendo la reseña que en su día publiqué sobre la última novela de Rosa Montero, La ridícula idea de no volver a verte (Barcelona, 2013)

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La ridícula idea de no volver a verte
Rosa Montero
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2013, 233 páginas.

   Este libro publicado en marzo del año 2013, sin ser un best seller al uso ni literatura de consumo, ha llegado en tres meses a la novena edición. Rosa Montero lo escribió suturando biografía y ficción y utilizando a Marie Curie como paradigma o arquetipo de referencia en el que apoyarse para reflexionar sobre ciertos temas vividos en carne propia.
   Rosa Montero, en efecto, relata la vida de Marie Curie antes y después del duelo por la muerte de su esposo Pierre. Y relata igualmente su propia experiencia vital al lado de su marido, Pablo Lizcano, también antes y después de su fallecimiento, intentado hallar sentido a esas vivencias. Por eso este libro se convierte en un acto de creación. No debe extrañarnos pues esa frase que produce escalofríos colocada en el frontispicio del libro: “Como no he tenido hijos, lo más importante que me ha sucedido en la vida son mis muertos” (página 9). Casi al final de la publicación la autora recuerda los resultados de un estudio, según el cual los separados y los divorciados están más deprimidos que los viudos. Porque a los primeros les falta una narración convincente, un relato consolador que le de sentido a sus vidas.
   Este relato es el que Rosa Montero nos ofrece en este híbrido artefacto literario. Nos relata en efecto, sin sentimentalismos, pero con la justa dimensión de dramatismo que encierran los hechos, el truco más antiguo de la humanidad frente al dolor y al horror: transmutar a través de la literatura el sufrimiento en belleza porque -y tiene toda la razón la escritora- la literatura es un escudo poderoso frente al mal y al dolor, un poderoso exorcismo frente a la desolación  que produce la ausencia definitiva de un ser amado. Su propio dolor por la muerte de quien fue su pareja, como he dicho, amalgamado con el de la mujer Marie Curie, que no pudo despedirse de Pierre, su esposo, contarle lo que fueron el uno para el otro; y por eso escribe un diario en forma de carta, reproducido al final de este libro.
   Un libro que, no obstante, brota del sufrimiento y pivota sobre la vida de Manya Sklodowska, la física y química polaca nacionalizada francesa, que descubre el radio junto a su marido Pierre y fue la primera mujer en múltiples frentes: en recibir dos Premios Nobel, en licenciarse y doctorarse en Ciencias en Francia, la primera en tener una cátedra en la Sorbona. Una mujer que no lo tuvo fácil en ningún momento de su vida: su crecimiento en un ambiente pobre y políticamente enrarecido; su lucha contra el miedo y la oposición del mundo masculino a la visibilidad y ascensión social de la mujer; su descubrimiento del radio en un ruinoso hangar; sus despreocupada exposición a las radiaciones que le llevarán a la tumba, el fatal fallecimiento de Pierre; su ausencia que no le cabe en la cabeza; su enamoramiento a los cuarenta y dos años de Paul Langevin que le supuso un verdadero linchamiento por parte de la puritana sociedad parisina y que obscureció su segundo Nobel (año 1912). Una mujer de sobrehumana voluntad, capaz de hacer milagros, con un gran compromiso humanista, pasional y también con pequeñas mezquindades, muy dura, sobre todo contra sí misma, siempre tan triste y con un cuerpo sometido voluntariamente a una brutal radiactividad durante tantos años.
   Un libro con un acontecimiento medular: el fallecimiento de Pierre Curie que desencadena el relato de la vida de su esposa, antes y después del fatídico accidente y que le permite a la autora narrar en paralelo su propio duelo, que no es, sin embargo, un túnel cerrado a la vida, como tampoco lo fue el de Marie Curie.
   No es este libro incalificable un impúdico tráfico con el dolor, sino un intento de hallar un sentido al mal y a la congoja. Y para Rosa Montero ese sentido se encuentra en la narración. De ahí nació este torbellino de palabras, escritas con un tono confesional, que nos hablan de tú a tú, con una gran fuerza poética capaz de conmocionarnos, como cuando la autora relata que Marie Curie guardaba coágulos de sangre y trozos de los sesos de sus esposo para besarlos. Y también de horrorizarnos al hacernos ver el pavoroso desprecio para su salud con que Marie manejaba el radio.
Hashtags, fotografías que interactúan con el texto escrito, completan un libro híbrido, ambiguo y pantanoso, de lo que la misma autora es consciente: la fusión entre la realidad biográfica y la ficción. Por eso también a este libro cabe aplicarle la receta de Álvaro Pombo: la invención creativa, la ficción, como marcador semántico que es, introducido en una biografía, anula la exactitud de la realidad biográfica, por mucho que la escritora nos diga que todos los datos del libro sobre Marie y Pierre están documentados, que no hay una sola invención en lo factual. Pero ese marcador semántico no es un frívolo adorno: expresa bellamente y de forma optimista la realidad biográfica. Es la acción embellecedora y catártica de la literatura.

Francisco Martínez Bouzas

                                                 
Rosa Montero
                                                  

Fragmentos


“Eso es lo que hizo Marie Curie cuando le trajeron el cadáver de Pierre: encerrarse en el mutismo, en el silencio, en una aparente, pétrea frialdad. Llevaban once años casados y tenían dos hijas, la menor de catorce meses. Pierre había salido esa mañana como siempre camino del trabajo; tuvo una comida con colegas y, al volver al laboratorio, resbaló y cayó delante de un pesado carro de transporte de mercancías. Los caballos lo sortearon, pero una rueda trasera le reventó el cráneo. Falleció en el acto.
 
 Entro en el salón. Me dicen: « Ha muerto.» ¿Acaso pude una comprender tales palabras? Pierre ha muerto, él, a quien sin embargo había visto marcharse por la mañana, él, a quien esperaba estrechar entre mis brazos, esa tarde, ya solo lo volveré a ver muerto y se acabó, para siempre. (Diario)

Siempre, nunca, palabras absolutas que no podemos comprender, siendo como son pequeñas criaturas atrapadas en nuestro tiempo. ¿No jugaste, en la niñez, a intentar imaginar la eternidad? ¿La infinitud  desplegándose delante de ti como una cinta azul mareante e interminable? Eso es lo primero que te golpea en un duelo: la incapacidad de pensarlo y admitirlo. Simplemente la idea no te cabe en la cabeza. ¿Pero cómo es posible que no esté? Esa persona que tanto espacio ocupaba en el mundo, ¿dónde se ha metido? El cerebro no puede comprender que haya desaparecido para siempre. ¿Y qué demonios es siempre? Es un concepto inhumano. Quiero decir que está fuera de nuestra posibilidad de entendimiento. Pero cómo, ¿no voy a verlo más. ¿Ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni dentro de un año? Es una realidad inconcebible que la mente rechaza: no verlo nunca más es un mal chiste, una idea ridícula.”

…..

“Hay gente que, en su pena, se construye una especie de nido en el duelo y se queda a vivir ahí dentro para siempre. Permanecen en ese lugar común, repiten el destino de vacaciones, visitan ritualmente los antiguos lugares compartidos, mantienen las mismas costumbres en memoria del muerto. Yo no creo que sea bueno, o quizá sí, quién sabe, quién soy yo para decir cómo debe uno tratar de superar una pérdida; pero, en cualquier caso, no es mi elección. Me cambié de domicilio tras la muerte de Pablo (Marie también se mudó de casa cuando enviudó) y el mundo tiene varios rincones que es posible que yo no vuelva a visitar: Estambul, Alaska, Islandia, ciertas zonas de Asturias o estas hermosísimas iglesias de madera.”


(Rosa Montero, La ridícula idea de no volver a verte, páginas 24-25, 88-89)

RENACE "CUADERNOS ANAGRAMA"


   Por cortesía de Editorial Anagrama -directamente a través de su eficiente equipo de prensa y comunicación: María Teresa Slanzi. Lidia Lahuerta, Margalida Amegual- recibo El año que nevó en Valencia de Rafael Chirbes, el segundo volumen de la colección “Nuevos Cuadernos Anagrama”; lo que significa el renacer de “Cuadernos Anagrama”, una de las colecciones más emblemáticas de la editorial barcelonesa. ¿Quién no recuerda aquellos libritos con predominio del color marrón en las cubiertas que Anagrama publicó desde 1970 a 1982? El pasado mes de octubre, en efecto, Anagrama actualizó esa colección de sus inicios, “Nuevos Cuadernos Anagrama”.
   Con el mismo formato reducido de su antecesora y textos breves e inmediatos, la colección renacida quiere ejercer de portavoz de las inquietudes de nuestro tiempo, tanto en el campo de la ficción como en el del ensayo, reflejando así la vocación francotiradora de la Editora. Ciento sesenta y cinco títulos en una colección cuyos objetivos, eran en palabras de Jorge Herralde en la publicación que recuperaba la historia de la Editorial en sus primeros veinticinco años  (Anagrama, 25 años 1969-1994), “suplir la práctica inexistencia de revistas teóricas españolas, incorporar autores que parecían imprescindibles en el ámbito del pensamiento, publicar los clásicos revolucionarios, analizar las problemáticas más contemporáneas y urgentes, estimular textos de autores españoles (…) Un minucioso «vaciado» de determinadas revistas -como les Temps Modernes, L’Home et la Societé, Partisans, New Left Review o Il Manifesto- permitía seguir al día los debates más candentes del momento.
   Las temáticas abordadas en los «Cuadernos» sintonizaban cumplidamente con las inquietudes de la década de los setenta: la antipsiquiatría, el estructuralismo, la ecología, el feminismo, el freudomarximo, el antiautoritarismo, la contracultura, el «underground» y el «off off», la contraposición entre cine de poesía y cine de prosa, la manipulación de las industrias culturales, el debate sobre ciencia académica o ciencia crítica, la problemática de las drogas, la incorporación de escritores secretos o malditos…”
   

El número 42 de "Cuadernos Anagrama"
  
   
Inauguró la colección en 1970 Las raíces de la burocracia de Isaac Deutscher y la clausuró en l982 un texto de Michel Foucault y Jacques Leonard, La imposible prisión: debate con Michel Foucault. Entre ambas fechas y textos, libros de Louis Althusser, Claude Lévi-Strauss,  Pier Paolo Pasolini, André Glucksman, Gilles Deleuze, Samir Amin, Ernesto Che Guevara, Lourdes Benería o Albert Balcells, entre otros muchos.
   “Nuevos Cuadernos Anagrama” echa a andar con cinco libros: El secreto y no de Claudio Magris, El año que nevó en Valencia de Rafael Chirbes, Calais de Emmanuel Carrère, Nueva ilustración radical de Marina Garcés y La conjura de los irresponsables de Jordi Amat.
   Ofrezco la sinopsis de El año que nevó en Valencia elaborada por la Editorial, con el firme propósito de volver sobre este  libro en unos días.

El año que nevó en Valencia
Rafael Chirbes
Editorial Anagrama, Nuevos Cuadernos Anagrama, Barcelona, 2017, 48 páginas.

   “Valencia cubierta de nieve: una estampa inusual que se vio en el invierno de 1956. Chirbes tenía siete años, su padre había muerto y la familia celebraba el cumpleaños de uno de sus tíos. El autor oye cómo surgen referencias a la guerra civil y la tensión  se apodera del ambiente. Su vida está a punto de cambiar: él no lo sabe, pero esa fiesta es una despedida y esconde un secreto. Un texto memorialístico de una belleza arrebatadora”


Francisco Martínez Bouzas

jueves, 9 de noviembre de 2017

PERDEDORES OPTIMISTAS


Esto no es América
Jordi Punti
Editorial Anagrama, Barcelona. 2017, 204 páginas.

   
   Con Això no és Amèrica (Empúries, Barcelona, 2017) regresa al subgénero del relato corto Jordi Puntí, ganador de varios premios literarios, con sus historias publicadas originalmente en distintos medios (revistas, diarios, libros colectivos y escritos por encargo). Anagrama y Empúries las reeditan en español y catalán tras su reescritura por parte del escritor para recuperar fragmentos recortados por exceso y cohesionarlos en forma de libro unitario y coherente. Jordi Puntí, un cuentista por naturaleza, nos ofrece nueve narraciones, escritas alguna de ellas hace diecisiete años, pero que siguen teniendo el mismo interés y vitalidad con las que nacieron en su día. En el título del libro, confiesa el autor, pretende que se transparente su curiosidad musical. Por eso se decantó por Esto no es América de David Bowie y Pat Metheny.
   La colectánea   echa a andar con “Verticales”, un relato que, por imposición del encargo, debía desarrollarse en Barcelona, entre las diez y las doce de la noche de un mes de junio, escrito en tercera persona y en tiempo presente. La prosa de Jordí Puntí se ajusta a esas exigencias y nos ofrece un periplo sentimental por las calles barcelonesas con el propósito de darle vida, a través de la reescritura de las letras de su nombre, a la mujer amada. El protagonista deambula por Barcelona, a la vez que recuerda la locura incondicional que le unía a Mai. También las mañanas de vómito seco y de resaca. La muerte de Mai le deja ko y se sumerge en un submundo nuevo y solitario. Con sus paseos, alguno de ellos calcado de Paul Auster (Trilogía de Nueva York), apuesta contra el aburrimiento. Un relato que bascula entre el sentimentalismo de los recuerdos y la argucia de recuperar, reescribiendo las letras de su nombre, a la persona amada.
   “Intermitente”, el segundo texto, vio la luz este mismo año. Es un relato sobre el arte de hacer autoestop. Arte y azar porque deja al autoestopista a merced de los demás. Protegido por su maletín negro, el protagonista hace autoestop sin ningún motivo, solamente porque le apetece. Con las mujeres que le paran -son pocas- es algo especial: el autoestopista hace de confidente, de consolador y alguna incluso le alegra el día. Un excelente relato con una mínima carga diegética. “Riñón” es un cuento escrito originalmente para promover la recogida de fondos para la regeneración y trasplante de órganos. Si bien en su desenlace, una inteligente mentira del protagonista le permite zafarse de tener que donar un riñón al hermano que de pronto reaparece para pedirle ese órgano, tras muchos años de desafecto y exilio familiar.
   “Premio de consolación” apareció en el año 2000 en una antología dedicada al cuento amoroso. El relato nos sumerge en las aspiraciones amorosas de Ibon, que pasea con su perro, un personaje “instalado en el frenesí disléxico de la rutina” (página 71), de la que solamente se evade fantaseando con Anna de la que le ha hablado otro paseador de perros. Su astucia le permite encontrarse con ella, y abrir resquicios cómplices hasta que la música de Edwyn Collins (Orange Juice) se convierte en el nexo con la que era la mujer de sus sueños.
   Un relato erótico, “La madre de mi mejor amigo” nos adentra en las fantasías de un adolescente salido con la contemplación de la madre de su mejor amigo. Pasan los años y una confesión del amigo lo retrotrae de nuevo a la adolescencia de los deseos, y con la madre de su mejor amigo se siente como un quinceañero al que aún le queda todo por aprender. Lo aprende con su objeto de deseo adolescente, a la vez que le es infiel a su mujer. “Siete días en el barco del amor”, un encargo del salón Náutico de Barcelona en el año 2006, es la recreación ficcional de la experiencia en un crucero por el Mediterráneo tras un desencuentro conyugal. El protagonista se sube al crucero con la intención de engañar a su mujer. Pero en los primeros días se siente instalado en la rutina de la decepción, únicamente dulcificada por la canción Deacon Blues de Steely Dam. En la resolución de la historia, resultará que la semana del amor en el Wonderful Sirena, lo fue de penitencia, mitigada solamente por la música que interpreta el crooner Sam Cortina que arrastra consigo una historia que Jordi Puntí incrusta hábilmente en este relato.
   “La materia” (del año 2007) es un relato intensamente turbador. Un vagabundo, quizás un escultor famoso desaparecido, asienta sus cartones  enfrente del piso de una pareja y se convierte en su elemento distorsionador. Le sigue la penúltima historia, “El milagro de los panes y los peces”, en mi opinión, uno de los mejores de la publicación, pese a su origen como folletín para un periódico barcelonés en el año 2016. Es la historia de un perdedor, y de otros muchos que contempla el protagonista, que se las arregla para desviar el curso de la suerte: Miquel Franquesa es una vida dedicada al juego, una existencia sometida a la adrenalina  de los arrebatos. Ludópata que huye a Las Vegas para desengancharse de la adicción (“Nada como una buena quemadura para mantenerse alejado del fuego para siempre”, página 156). Su experiencia en trabajos curiosos, amante de la mujer de un amigo para no blasfemar ante el dios de las casualidades. Una vida sexual acelerada y peligrosa. Ludópata de nuevo, como tantos espectros perdedores que vagan por Las Vegas siempre a la espera de una oportunidad que les pueda brindar unas horas extra de esperanza. Mas por ser un perdedor y un gafe, el casino lo contrata como cooler, alguien que enfría, que hace que se desvanezcan las mejores rachas de los clientes más afortunados. Finalmente, “La paciencia”, un juego literario en forma de encargo en el que el mismo Jordi Puntí aparece como personaje de su propio relato. Autoficción con ribetes de metaficción.
   Nueve historias tejidas con los hilos de la vida como suele hacer la buena literatura. Jordi Puntí posee la acuidad de transformar esas pequeñas historias, generalmente intranscendentes, en pequeñas joyas literarias. Más que máquina perfecta de crear historias, como se ha escrito, el escritor catalán es, en mi opinión, un maestro en el arte de contar, de crear la realidad de la palabra, como diría Roland Barthes, transformando lo minúsculo, historias cotidianas en prosas que atrapan, porque el autor eleva a categoría literaria las pequeñas andanzas de perdedores, sus altibajos o  su mínimos momentos de éxito. Y lo hace con extremada naturalidad, sin desfallecimientos, sabiendo desviarse de un punto narrativo hacia otros sin perder el tino, siendo capaz de retomar el hilo inicial. Historias en las que más que la acción interesan los personajes, en su mayoría tachaduras, seres sin importancia colectiva, personajes con una existencia previsible, calcárea, a los que solo el azar les ofrece la oportunidad de cambiar y renovarla (página 75). Y que, sin embargo quieren un nombre como dice la letra de Deacon Blues. Personajes rectilíneos, planos, que son lo que eran al inicio del relato, porque si aconteciera lo contrario dejarían de ser lo que son: perdedores optimistas.

Francisco Martínez Bouzas


                                                 
Jordi Puntí (Fotografía de Stefanie Kremser)


Fragmentos

“El mismo día que Gori recibió la tercera carta, al atardecer alguien llamó a la puerta de su casa. Cuando fue a abrir, se encontró frente a su sobrina.
-Hola, tío -le saludó-, ¿puedo pasar?
Era ella la que había llevado la carta en mano y era ella la que ahora le pedía que ayudara a su padre. Se sentía como el único vínculo familiar entre ambos y, lamentándolo mucho, tenía que intentarlo. Su padre estaba cada vez peor, no era broma, y necesitaba realmente un riñón. Que no tuviera en cuenta su arrogancia. Gori la escuchó sin interrumpirla una sola vez. Se sentía aliviado. Aquello hacía ya demasiado tiempo que duraba. Si al principio era divertido, ahora se había vuelto un incordio. Cuando la chica enmudeció, Gori le ofreció al fin la respuesta que llevaba saboreando desde el principio.
-Dile a tu padre que lo siento, pero no puedo darle un riñón porque solo me  queda uno -dijo-. A mí también me operaron hace año y medio. Debe de ser genético.”

…..

“Así pues, desde la barra, repaso los grupos que se reparten por el local. Ahora hay más puntos de luz que años atrás, pero es una luz postiza que presta a los clientes un aire como de figuras de cera. La música también ayuda: suenan canciones de Billy Joel, Eagles, Dire Straits. Bien mirado, sigo siendo el más joven de todos. Jubilados prostáticos, con un pañuelo de seda al cuello, se acercan a la barra para pedir cócteles de colores. Separadas de pelo quemado se pasean por el pub con gran desenvoltura, como si estuvieran en el comedor de casa, o se sientan en las sillas de bambú exhalando un perfume medio caro que el ambientador echará a perder. Hay mujeres que me miran como a un intruso, porque les molesta que rebaje la media de edad, pero otras -lo noto-, como ya están acostumbradas, calibran instintivamente las posibilidades reales y no me quitan los ojos de encima.”

…..

“Como otros que recorrían las aceras de la ciudad, me había sumado al ejército de espectros que vagaban perdidos a todas horas, siempre en busca del último dólar para jugar, siempre a la espera de una oportunidad que les brindara unas horas más de esperanza. Viajantes consumidos por las deudas; viudas varadas en ese bancal de arena y fantasía; jubilados y parados jóvenes sin oficio, perdedores de todas las etnias y colores que antaño habían perseguido un sueño y ahora ya solo buscaban un contacto con la realidad en forma de ruleta, naipe o jackpot. Los veía saliendo de las casas de empeño en chándal, flácidos como si fueran invertebrados, arrastrando los pies tras haber malvendido un reloj, un aparato para hacer pesas o un autógrafo plastificado de Cher que atesoraban desde hacía años…”


(Jordí Puntí, Esto no es América, páginas 64-65, 89, 176-177)

lunes, 6 de noviembre de 2017

CONTRA EL FALSO OLVIDO. HOMENAJE A LA DIGNIDAD REPUBLICANA

Perros que duermen
Juan Madrid
Alianza Editorial, Madrid, 2017, 431 páginas.

   

   Juan Madrid (Málaga, 1947) es un prolífico escritor de novela policiaca, periodista y guionista de cine y TV. En su haber figura una cuarentena de obras, entre las que sobresalen las novelas protagonizadas por el personaje Toni Romano. Varias de sus novelas como Días contados han sido adaptadas al cine. Como autor de novela negra es uno de los grandes referentes en España. Tal fue el dictum de Vázquez Montalbán: “Los escritores de novela negra en España somos tan pocos que Juan Madrid es uno de los dos”.
   Perros que duermen, una pieza de largo recorrido, es posiblemente la novela más ambiciosa de Juan Madrid. Una novela que admite varias lecturas: novela negra, de investigación, de recuperación de la memoria histórica, homenaje a la dignidad republicana y contra el falso olvido impuesto en España por la Transición. Perros que duermen nos sumerge de lleno en los días sombríos de la Guerra Civil española y en la igualmente sangrienta y tenebrosa Posguerra, cuyos ecos perduran, gritan y chirrían en nuestro presente. Novela con múltiples saltos en el tiempo, con muchos personajes y dos grandes protagonistas: el falangista Dimas Prado y el combatiente republicano Juan Delforo Farrell, padre de Juan Delforo, personaje recurrente en varias piezas de Juan Madrid, y sin duda alter ego del escritor.
   La trama de esta novela de más de cuatrocientas páginas y que solamente se resuelve al final, se inicia a comienzos de octubre de 2011. El periodista Juan Delforo, con un pasado de militancia en la lucha antifascista, es convocado a un chalet de El Viso para recoger un manuscrito propiedad de Dimas Prado, un personaje conocedor de terribles secretos del Estado. Dimas Prado se había suicidado recientemente. Un supuesto hermanastro suyo, Guillermo Borsa, le hace entrega del legado, una narración de ciertos sucesos que habían  acontecido en Brugos, capital del régimen franquista en 1938; con la petición de que utilizará el contenido del legado en alguno de sus escritos. Se trataba de un crimen impune, el asesinato de una joven prostituta por un jerarca del régimen franquista. Dimas Prado, en aquellos años comisario de la policía, recibe el encargo de borrar toda huella de ese crimen y eliminar a todos aquellos que saben algo sobre el mismo. De forma muy eficiente y sin ningún reparo, lo hace, lo que relanzará su carrera. En las pesquisas conoce a Ana, una viuda que no es lo que parece.
   En uno de los saltos en el tiempo, la narración se traslada al Madrid del año 1945: los falangistas sospechan que Franco va a prescindir de ellos y, ante esa posibilidad, Dimas Prado reconstruye el crimen de 1938 con el propósito de devolverles la traición a los franquistas. Ese mismo año, Juan Delforo Farrell, profesor y militante republicano que había participado activamente en la Defensa de Madrid, es detenido, torturado salvajemente y condenado a muerte. Se libra del fusilamiento gracias a la intervención de Dimas Prado a cambio de una información importante para su futura carrera política, y le permite así mismo un encuentro con su mujer, Carmen Muñoz, con la que todavía no se había casado, pero  a la que lo unen lazos nunca revelados. Purgará treinta años de trabajos forzados en un destacamento en Mohedas de la Jara (Toledo) hasta 1949, fecha de la amnistía general promulgada por Franco.
   Hasta aquí la parte más visible de la trama. Pero lo más importante de  Perros que duermen es el relato de los días de plomo de la Defensa de Madrid y de la “larga noche de piedra” de la Posguerra. En ese relato, se dan cita tres grandes ejes narrativos que le dan forma a un triángulo social, engarzado en una narración memorialista. Uno de ellos, sin duda el más importante y el más épico, es el que, en forma de diario carcelario iniciado en la prisión del Puerto de Santa María, compuso Juan Delforo Farrell en el que da cuenta de sus vicisitudes durante la Defensa de Madrid. Los otros son el de Dimas Prado, el falangista comisario que investiga el asesinato cometido en Burgos, y el de Antonio, un macarra de la capital madrileña en los años cuarenta. Su relato nos permite catar la podredumbre de un régimen  que prohibió la prostitución, pero que toleraba los cabarets de mujeres, muchas de ellas mujeres solas que tenían a sus maridos en las cárceles, campos de concentración o habían sido fusilados. La prostitución era su única forma de vida.
   El diario de Juan Delforo Farrell nos permite conocer con detalle las espantosas torturas que tuvieron lugar durante la dictadura franquista, la situación atroz de los presos en el penal del Puerto de Santa María y en el campo de trabajo de Mohedas de la Jara. Así como buena parte de los hechos bélicos, sobre todo los referentes a la Defensa de Madrid: los actos de heroísmo, la nula disciplina de los milicianos, sus huidas ante la presencia de los franquistas, los comportamientos bárbaros de estos últimos sobre todo cuando tomaban una localidad: fusilamientos, violaciones masivas de mujeres… Delforo sueña una y otra vez durante la lucha encarnizada por Madrid, sueños que se repiten en el penal del Puerto de Santa María, que perros hambrientos se mueven en tierra de nadie devorando los cadáveres. Miles y miles de perros, unas veces con uniformes falangistas y otras sin él, aparecen en sus duermevelas y uno de ellos sube a su pecho y lo desgarra.
   Similar es la narración del estado en el que fue hallada la joven prostituta asesinada en Burgos, crimen que los franquistas no quieren que llegue  a oídos de los rojos de ninguna manera. Estaba comida como si unos perros famélicos hubieran destrozado sus partes sexuales.
   La novela es en definitiva una tremendo fresco de la Guerra y de Posguerra. El oprobio, la humillación y la pavorosa represión a la que fueron sometidos los vencidos, así como la lucha que continuaron después de la derrota aquellos milicianos y milicianas que nunca se dieron por vencidos. Una larga lucha contra el dictador, el monumento ético más importante del siglo XX europeo en palabras de Juan Delforo hijo. Por ello mismo Perros que duermen es, desde la ficción, un ajuste de cuentas con el relato falso y artificial de la Transición, un pacto entre las élites y no un renacer de la democracia como se nos ha vendido, confiesa Juan Madrid. Reivindicación de la legalidad republicana y de la lucha por la democracia real, que poco tiene que ver con esa democracia formal de baja calidad, que nos pretenden vender los que mandan. Una novela por consiguiente que huye de las medias tintas y de la equidistancia ideológica.
   Desde el punto de vista técnico, Perros que duermen es una pieza rica y compleja: un abanico de historias que tienen lugar en distintos momentos y en diferentes escenarios, con varias analepsis, múltiples actantes, aunque todo ello está interrelacionado. Excesivo y demasiado minucioso, en mi opinión, el relato que hace Delforo del día a día de sus participación y de la de los milicianos y milicianas que dirige en el frente de Madrid. Un estilo de prosa preñado de fuerza y a la vez seco y cortante, para hacernos llegar algunos de los asuntos más sombríos de la Guerra Civil y de la Posguerra, en las que pulularon perros reales y metafóricos, ciertamente hambrientos de sangre, y que dan la impresión de estar dormidos, pero que están dotados de afilados colmillos para morder cuando les conviene, como estamos presenciando en estas fechas.

Francisco  Martínez Bouzas


Juan Mdrid



Fragmentos

“En un cuartucho en los sótanos de la comisaría me despojaron de mis pertenencias y me dejaron completamente desnudo. Uno de los escirros arrojó mis gafas al suelo y las hizo trizas a pisotones. Luego me esposaron las manos a la espalda  y comenzaron a golpearme con varillas de acero que silbaban antes de clavarse en mi cuerpo. Tres hombres se turnaban pegándome. Intenté cobijarme acurrucándome en un rincón. Al poco tiempo mi espalda era una pulpa sanguinolenta. Uno de ellos me agarró del pelo y me dio una serie de puñetazos en la boca. Me rompió varios dientes, que escupí. Recuerdo que me dijo:
-No vas a poder comer turrón en tu puta vida, comunista de mierda.
Perdí el conocimiento. Después, en algún momento, me cubrieron con un tabardo militar y me arrastraron descalzo a un despacho. Dejé un reguero de sangre en el suelo. Al pasar por un pasillo, escuché voces de niños y mujeres que parecían ensayar villancicos. Entonces comenzaron los verdaderos interrogatorios.”

…..

“Es curioso, lo que mejor recuerdo de aquel tiempo son los perros.
«Los perros aparecen otra vez». Recuerdo esa frase en los partes diarios que enviaba en diciembre del 36 al cuartel general de la brigada. Los perros vagabundos y hambrientos que estaban por todas partes en el frente de Madrid. Hurgaban entre los escombros y se disputaban los pocos desperdicios que aún eran capaces de tirar los madrileños. Una leyenda añadía que también se alimentaban de los cadáveres sin recoger que quedaban después de los bombardeos. Los milicianos de mi batallón me habían comentado que habían visto perros vagar por la zona de nadie entre nuestras fortificaciones y las del enemigo.”

…..

“Mariano Moreno me despierta bruscamente. Me incorporo en la cama. Soy consciente de que estaba gritando. Sudo copiosamente y respiro como si estuviera ahogándome.
-Estás soñando, Juanito, ¿qué te pasa? Gritaba: «¡los perros, los perros, han vuelto los perros, están ahí! ¡Disparad, que no se acerquen»!
-Lo siento, Mariano…, es un sueño que se me repite una y otra vez. Veo a esos perros hambrientos devorando los cadáveres en la tierra de nadie. Pero en mis sueños nos atacan a nosotros, son miles y miles… Y parecen soldados fascistas, pero son perros, perros de uniforme, un ejército de perros que nos atacan.”


(Juan Madrid, Perros que duermen, páginas 52, 125, 279)

viernes, 3 de noviembre de 2017

EL MÁGICO UNIVERSO INFANTIL DE LILUS KIKUS

Lilus Kikus
Elena Poniatowska
Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 83 páginas
(Libros de fondo)

   
   Con Linus Kikus, un libro de cuentos, se inició en la literatura Elena Poniatowska (París, 1933). La capacidad fabuladora de esta mujer parece no tener fin. Helène Elizabeth Louise Amélie, Paula, Dolores Poniatowska Amor nació princesa, pero tras renunciar a títulos, nombres y apellidos, ha ejercido a lo largo de su vida como periodista y apasionada escritora de literatura testimonial del México del pasado siglo, dándoles voz a los sin voz, prestándoles sus palabras y sus fantásticas imposturas a muchas mujeres a las que admira o con las que se conduele. Mas, como digo, Elena Poniatowska se inicio en la escritura retratando el mágico universo infantil con este material de cuentos que es Linus Kikus  que comenzó a comercializarse en 1954 editado por Los Presentes y traducido a numerosas lenguas. Un trabajo que la creadora de La noche de Tlatelolco, Tinísima, Leonora o Dos veces única, su última novela, construyó recibiendo el aliento y la inspiración de su propia infancia.
   En los doce capítulos o secciones que componen este libro breve pero hermoso, se narran las vivencias que brotan en el interior o en el exterior de la niña Lilus Kikus, vivencias que le permiten ir descubriendo el mundo: lo más sencillo y las experiencias que, con frecuencia, da la impresión de que corren paralelas a sus sueños. Cada capítulo es en efecto una vivencia nueva para Lilus Kikus que va descubriendo la existencia, pero somos realmente los lectores que también la descubrimos a través de ella, captando lo que es tan obvio y que sin embargo nos cuesta percibir. Lo captamos con la lectura de Lilus Kikus a través del prisma de las experiencias de esta niña que nos obligan a contemplar lo más sencillo, lo que suele estar a nuestro lado pero que generalmente pasa inadvertido.
   Lilus, medio teatrera, exploradora, niña de arena, de yodo, de sol y viento, siempre soñadora, observa con los cinco sentidos los lugares en los que se encuentra, las actitudes de las personas y llega a  conclusiones que casan con  lo que entiende o se imagina. Pero Lilus también formula, con sus “inocentes” preguntas, críticas y soluciones a los problemas cotidianos que suceden en el México en el que vive. Así, por ejemplo, al escuchar los gritos de los manifestantes en unas elecciones apelando al pueblo, Lilus piensa en el pueblo, pero ¿dónde está el pueblo?
   
                                            
Portada de la primera edición de Lilus Kikus

   

   A lo largo de los relatos, Elena Poniatowska nos acerca a las actividades que hace Lilus. Contempla pajaritos ciempiés, hormigas, va a un concierto, a la playa de Acapulco donde sueña que tiene marido, un marido tan serio como un funcionario. Mas Lilus no hace nada cuando nada tiene que hacer y considera que las  tontas son las personas más encantadoras del mundo. También -he aquí su sabia ingenuidad-  se hace “grandes” heridas para cobrar por enseñarlas. Y no solamente es Lilus el personaje más atrayente; también lo son una compañera del colegio, una chica  que se inició muy pronto en la vida, o un vecino que se las da de filósofo, que pasa su vida metido entre libros y Lilus se pregunta por qué no disfruta del mundo, de la naturaleza.
   Los pensamientos de la niña amalgaman simplicidad, inocencia, profundidad o extrañeza, pero también un profundo sentido crítico sobre política, amistad o religión. Así como una cierta inclinación religiosa que provoca que, en el último capítulo, Lilus ingrese en un convento, donde se pone al corriente sobre la Virgen, le explican lo qué es la honorabilidad, y también a esperar, tendida en el lecho, a su futuro marido, paciente y sumisa.
   Una narradora omnisciente salta, sin continuidad de un episodio de la vida de Lilus a otro. Con todo, cada experiencia de la niña se convierte en un revulsivo que nos incita a pensar. Una forma de narrar mágica, a pesar del empleo de una lengua coloquial, que hace explotar la inmensa curiosidad de un personaje infantil que es capaz de poner orden en el mundo sin hacer prácticamente nada. Solamente divagando y observando lo que sucede a su alrededor.


Francisco Martínez Bouzas

                                                
Elena Pniatowska

Fragmentos

I. Los juegos de Lilus

"Lilus Kikus... Lilus Kikus... ¡Lilus Kikus, te estoy hablando!"
Pero Lilus Kikus, sentada en la banqueta de la calle, está demasiado absorta operando a una mosca para oír los gritos de su mamá. Lilus nunca juega en su cuarto, ese cuarto que el orden ha echado a perder. Mejor juega en la esquina de la calle, debajo de un árbol chiquito, plantado en la orilla de la acera. De allí ve pasar a los coches y a las gentes que caminan muy apuradas, con cara de que van a salvar al mundo...
Lilus cree en las brujas y se cose en los calzones un ramito de hierbas finas, romerito y pastitos; un pelo de Napoleón, de los que venden en la escuela por diez centavos. Y su diente, el primero que se le cayó. Todo esto lo mete en una bolsita que le queda sobre el ombligo. Las niñas se preguntarán después en la escuela cuál es la causa de esa protuberancia. En una cajita, Lilus guarda también la cinta negra de un muerto, dos pedacitos grises y duros de uñas de pie de su papá, un trébol de tres hojas y el polvo recogido a los pies de un Cristo en la iglesia de Nuestra Señora de la Piedad.
Desde que fue al rancho de un tío suyo, Lilus encontró sus propios juguetes. Allá tenía un nido y se pasaba horas enteras mirándolo fijamente, observando los huevitos y las briznas de que estaba hecho. Seguía paso a paso, con gran interés todas las ocupaciones del pajarito: "Ahorita duerme... al rato se irá a buscar comida". Tenía también un ciempiés, guardado en un calcetín, y unas moscas enormes que operaba del apéndice. En el rancho había hormigas, unas hormigas muy gordas. Lilus les daba a beber jarabe para la tos y les enyesaba las piernas fracturadas. Un día buscó en la farmacia del pueblo una jeringa con aguja muy fina, para ponerle una inyección de urgencia a Miss Lemon. Miss Lemon era un limón verde que sufría espantosos dolores abdominales y que Lilus inyectaba con café negro. Después lo envolvía en un pañuelo de su mamá; y en la tarde atendía a otros pacientes: la señora Naranja, Eva la Manzana, la viuda Toronja y don Plátano. Amargado por las vicisitudes de esta vida, don Plátano sufría gota militar, y como era menos resistente que los demás enfermos, veía llegar muy pronto el fin de sus días.
Lilus no tiene muñecas. Quizá su físico pueda explicar esta rareza. Es flaca y da pasos grandes al caminar, porque sus piernas, largas y muy separadas la una de la otra, son saltonas, se engarrotan y luego se le atoran. Al caerse Lilus causa la muerte invariable de su muñeca. Por eso nunca tiene muñecas. Sólo se acuerda de una güerita a la que le puso Güera Punch, y que murió al día siguiente de su venida al mundo, cuando a Lilus Kikus se le atoraron las piernas.”

…..

IV. El cielo

“A Lilus le preocupa cómo entrar en el cielo. No es ninguna hereje. Sabe que el cielo es un estado, un modo de ser, y no un lugar y... Pero siempre, desde chiquita, pensó que Nuestro Señor está más allá de las nubes. Allá arriba. Y que para llegar hasta Él tiene uno que ser avión, ángel o pájaro. A medida que el pájaro Lilus iría subiendo por el cielo, Dios iba mirándolo. Y en cierto punto de su vuelo, la mirada de Dios era tan intensa que bastaba a convertirla en paloma de oro, más bella que un ángel.
Desde el día de su primera comunión, Lilus pensó que Nuestro Señor bajaba a su alma en un elevadorcito instalado en su garganta. Nuestro Señor tomaba el elevador para bajar al alma de Lilus y quedarse allí como en un cuarto que le gustaba. Para que le gustara, ella tenía que prepararle una habitación bien amueblada. Los sacrificios de Lilus componían el ajuar. Un sacrificio grande era el sofá, otro la cama. Los sacrificios chicos eran solamente sillones, vasos de flores, adornos o mesitas.
Una semana en que Lilus se dejó ir por completo, Nuestro Señor bajó al cuarto de su alma y lo encontró todo vacío. Tuvo que sentarse en el suelo, y que dormir en el suelo.
Pero así como se queda uno impregnado de alguien, después de que ese alguien se va, así se quedaba Lilus, llena de Nuestro Señor, que había bajado a su alma en un elevadorcito...”

…..

XI. La amiga de Lilus

Lilus tenía una amiga: Chiruelita. Consentida y chiqueada. Chiruelita hablaba a los once años como en su más tierna infancia. Cuando Lilus volvía de Acapulco, su amiga la saludaba: ¿Qué tal te jué? ¿No te comielon los tibulonchitos, esos felochíchimos hololes?
Semejante pregunta era una sorpresa para Lilus, que casi se había olvidado del modo de hablar de su amiga, pero pronto se volvía a acostumbrar. Todos sus instintos maternales se vertían en Chiruela, con máxima adoración. Además, Lilus oyó decir por allí que las tontas son las mujeres más encantadoras del mundo. Sí, las que no saben nada, las que son infantiles y ausentes... Ondina, Melisenda...
Claro que Chiruelita se pasaba un poco de la raya, pero Lilus sabía siempre disculparla, y no le faltaban razones y ejemplos. Goethe, tan inteligente, tuvo como esposa a una niña fresca e ingenua, que nada sabía pero que siempre estaba contenta.
Nadie ha dicho jamás que la Santísima Virgen supiera algo de griego o latín. La Virgen extiende los brazos, los abre como un niño chiquito y se da completamente.
Lilus sabe cuántos peligros aguardan a quien trata de hablar bien, y prefiere callarse. Es mejor sentir que saber. Que lo bello y lo grande vengan a nosotros de incógnito, sin las credenciales que sabemos de memoria...
Las mujeres que escuchan y reciben son como los arroyos crecidos como el agua de las lluvias, que se entregan en una gran corriente de felicidad. Esto puede parecer una apología de las burras. Pero ahora que hay tantas mujeres intelectuales, que enseñan, dirigen y gobiernan, es de lo más sano y refrescante encontrarse de pronto como una Chiruelita que habla de flores, de sustos, de perfumes y de tartaletitas de fresa.
Chiruelita se casó a los diecisiete años con un artista lánguido y maniático. Era pintor, y en los primeros años se sintió feliz con todas las inconsecuencias y todos los inconvenientes de una mujer sencilla y sonriente que le servía té salado y le contaba todos los días el cuento del marido chiquito que se perdió en la cama, cuento que siempre acaba en un llanto cada vez más difícil de consolar.
Pero un día que Chiruelita se acercó a su marido con una corona de flores en la cabeza, con prendedores de mariposas y de cerezas en las orejas, para decirle con su voz melodiosa: "Mi chivito, yo soy la Plimavela de Boticheli. ¡Hoy no hice comilita pala ti!", con gesto lánguido el artista de las manías le retorció el pescuezo.”


(Elena Poniatowska Lilus Kikus, capítulos primero, cuarto y undécimo)

miércoles, 1 de noviembre de 2017

REVIVIENDO EL SILENCIO DE LOS LABIOS MUERTOS

Te me moriste
José Luís Peixoto
Traducción de Antonio Sáez Delgado,
Editorial Minúscla,Barcelona, 2017, 57 páginas.

   
   Morreste-me (año 2000) fue la primera incursión en la narrativa de José Luís Peixoto (Galveais, Portugal, 1974), uno de los escritores actuales más reconocidos e interesantes de Portugal. Con numerosas ediciones en lengua portuguesa y traducido a otros idiomas, el español entre ellas. Vuelve a ser reeditado este año por Editorial Minúscula en esa colección Micra, en la que la editora barcelonesa nos está ofreciendo breves pero brillantes joyas literarias. José Luís Peixoto tardó un año en escribir un libro de apenas 57 páginas, en la edición de Minúscula y él mismo lo publicó por primera vez en edición de autor ya que Morreste-me iba a ser su primer libro. Sin embargo, ese mismo año publicó su primera novela, Nadie nos mira que se hizo con el Premio José Saramago.
   Te me moriste es un texto plurigenérico, un libro que “vive en la orilla de los géneros” como reconoce su traductor, Antonio Sáez Delgado. En sus páginas se dan cita narración, autobiografía y poesía. Un poema en prosa escrito con una carga de profundidad tan fuerte y sentida que hipnotiza al lector. Su escritura se originó en una experiencia a la vez dolorosa y transformadora: la muerte del padre. Y esa experiencia de la muerte del ser querido contamina el resto de la obra de José Luís Peixoto, en la que siempre está presente esa certeza: saber que un día moriremos. La muerte, un tema tabú en las sociedades actuales, aunque es ella no solo la que marca el tiempo, sino la que le da sentido a la vida.
   Te me moriste es un libro vivencial, que reproduce las difíciles vivencias que se suceden en el período de duelo por la muerte del ser amado. Por consiguiente, en sus páginas, no se juega con la ficción. Fue algo que aconteció, algo real. El relato de la muerte del padre, el relato del duelo y a la vez un homenaje a su figura; rescatar la figura paterna a través de la memoria.
   En apenas 57 páginas, el hijo describe la tragedia vital del progenitor que muere. La agonía paterna en una habitación cualquiera de un hospital, respirando sofocado. Y sin poderlo evitar, surgen los recuerdos de la infancia cuando el padre le entrenaba en la vida adulta. Rememora al padre sentado en la mesa, la felicidad familiar humilde y sencilla. El padre que lo construyó y edificó esperanzas en todo lo que tocaba. Pero ahora el padre ha entrado en la muerte y ya no puede volver para protegerlo. Y el hijo siente el dolor insular, a la vez que recuerda el rostro paterno alejado ya para siempre, en el país que habita. Lo busca en los rincones de la noche, inútilmente porque en la noche solo halla la negrura de la ausencia, en la casa helada, en el silencio y en la penumbra, donde crecen los recuerdos y los fantasmas. La figura del cuerpo paterno, frío, sin aliento, reviviendo el silencio de los labios muertos.
   Y en las páginas finales, la promesa hecha al padre desaparecido de que será fuerte, de que el tiempo y la vida serán de nuevo vida porque el padre ha quedado entero en todo el ser y en la existencia del hijo.
   José Luís Peixoto hace rezumar en su prosa todo el dolor del duelo, el sentimiento privado de la muerte. Todo ello, en una escritura estremecedora e intensamente íntima, sin caer, no obstante, en vanos artificios, en afectaciones y sentimentalismos.
   Canto de pérdida y de dolor en prosas penetrantes, prosas elegíacas, con el tema de dolor por la muerte del ser querido, articuladas por distintos tonos: apelativo, dramático, exclamativo. No está ausente así mismo una cierta tonalidad panegírica, cimentada no en las grandes heroicidades, sino en la vida sencilla del padre que enseña los caminos de la vida al hijo: conducir la camioneta, regar las plantas sedientas de la huerta familiar…
   Descripciones intensas pero muy breves y punzantes del pasado feliz que ya no retorna, del acompañamiento  a alguien querido que muere cada día en un hospital, provocando sin pretenderlo que la familia sangre por dentro. Esa sangre dolorosa fructificará al poco tiempo en estas prosas de culto, capaces de expresar en palabras sentimientos que se vuelven difíciles de verbalizar.

Francisco Martínez Bouzas


 
José Luís Peixoto

Fragmentos

“Hoy he regresado a esta tierra ahora cruel. Nuestra tierra, padre. Y todo como si continuase. Ante mí, las calles barridas, el sol ennegrecido de luz limpiando las casas, blanqueando la cal; y el tiempo entristecido, el tiempo parado, el tiempo entristecido y mucho más triste que cuando tus ojos, claros de niebla y marejada lejana fresca, devoraban esta luz ahora cruel, cuando tus ojos hablaban alto y el mundo no quería ser más que existir. Y, sin embargo, todo como si continuase. El silencio fluvial, la vida cruel por ser vida. Como en el hospital. Decía nunca te olvidaré, y hoy lo recuerdo. Rostros que se vuelven desconocidos, desfigurados en mi certeza de perderte, en mi desesperación, desesperación. Como en el hospital. No creo que puedas haberlo olvidado. Mientras esperaba a mi madre y mi hermana, las personas pasaban ante mí como si el dolor que me llenaba no fuese oceánico y no las abarcase también.”

…..

“Desde la habitación, el olor oscuro, podrido de la enfermedad. El olor que aún hoy he sentido en la habitación abandonada sola. He abierto los cajones de la cómoda, te he buscado, he abierto las puertas del armario. He tocado las ropas que no te vas aponer más y que te ponías, que recuerdo en tu pecho de carne, en tus brazos fuertes, en las piernas blancas, delgadas que enseñabas en la playa y con las que bromeábamos por ser tan delgadas y blancas, por ser piernas de hombre que nunca habían tomado el sol. He visto las corbatas de colores que te ponías antes de que yo naciera o que te pusiste cuando fuiste  a verme a la maternidad, contento, tan contento como me cuenta la gente, hablándome con tu voz tierna de hablar a los niños, haciéndome suavemente caricias con tus manos gastadas por lo incansable de construir, trabajar por nosotros. Y me he puesto tu ropa.”

…..

“¿Dónde estás, padre, que me has dejado solo gritando, dónde estás? En la angustia, necesito oírte, necesito que me tiendas la mano. Y nunca más, nunca más. Padre. Duerme, mi niño, que has sido tanto. Y se me clava en el pecho no poderte oír, ver, tocar nunca más. Padre, donde estés, duerme ahora. Niño. Eras un poco mucho de mí. Descansa, padre. Ha quedado tu sonrisa en lo que no olvido, te has quedado entero en mí. Padre. Nunca te olvidaré.”


(José Luís Peixoto, Te me moriste, páginas 9-10, 36-37, 56-57)